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Palomares, la radiactividad de nunca acabar

  • El estigma de la contaminación radiactiva continúa en la localidad de Palomares / Foto: La Razón
    El estigma de la contaminación radiactiva continúa en la localidad de Palomares / Foto: La Razón

Tiempo de lectura 4 min.

09 de noviembre de 2018. 21:26h

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Lucas Haurie 10/11/2018

Rodrigo, que está acostumbrado a pasear esta playa mojada de otoño, llega bien preparado a la cita. Su condición de biólogo también lo delata. Unas botas deportivas con suelas de a legua, parecidas a las que llevan los alpinistas en la tele, son fundamentales para pisar sin miedo las raíces de los pinos que pueblan la playa de Villapellejos. Hace 52 años inmortalizó Manuel Fraga estos arenales costeros de Palomares con un baño junto al embajador de Estados Unidos, Angier Biddle Duke. «Son las mismas aguas que se llevan esta inmundicia», dice con asco Rodrigo refiriéndose a las cacas de perro. Es lo que menos le gusta de esta playa. Lo que más, que es un lugar maldito.

A los 43 años, Rodrigo, granadino, se ha puesto a estudiar para los exámenes de funcionario de prisión. Concentrarse en esta zona, dice, es bien fácil. El estigma de la contaminación radiactiva, producto de las cuatro bombas atómicas que cayeron accidentalmente en enero de 1966, ha dejado un sitio proscrito. «Pese al pinar y este horizonte de arena, el turista prefiere playas sin tener que leer palabras raras como plutonio y americio», cuenta. A su primo David, un lugareño, le expropiaron unos terrenos contaminados donde una vez hubo un huerto hermoso. «En las etiquetas jamás aparecía el origen de Palomares», dice.

Hay quien ha pedido aquel meyba de Fraga para conservar en una vitrina o hacer, por qué no, una placa y colocarla en un sitio visible de la plaza del pueblo. Palomares es una pedanía de 1.700 habitantes perteneciente al municipio almeriense de Cuevas de Almanzora, zona noreste de la provincia. Cerca de Murcia. Este rincón del mundo se hizo global hace medio siglo. El baño del entonces ministro de Información fue una evidente táctica diplomática ante uno de los accidentes nucleares más graves de la historia de la química atómica. Fraga, sin embargo, murió nonagenario y lúcido.

Su tocayo Manolo, ecologista almeriense, prefiere recordar a Fraga en términos políticos, no biológicos, aunque admite, condición genética mediante, que pudiera tratarse de un superdotado. No es el caso de otros. «Soldados estadounidenses a cargo de las labores de limpieza en 1966 tienen una alta incidencia de cáncer con el paso de las décadas», dice Manolo si alguien contrasta los datos de cáncer en España: esta zona tiene una ratio de tumores y neoplasias por debajo incluso de la media en España.

En la valla que acota las treinta hectáreas de zona contaminada, por donde conduce Manolo en su paseo habitual, hay un cartel del Centro de Investigaciones Energéticas, Medioambientales y Tecnológicas (Ciemat): «Prohibido el paso. Responsable, el infractor». Sin embargo, más adentro, en la zona no prohibida, el Ciemat estima que «existe un nivel de radiación superior al permitido, pero sin riesgo radiológico para la población». No parece haber sido así entre los ciudadanos yanquis, asegura Manolo, sea ya por asuntos de dotación genética, de excesos de dosis radiactivas o quién sabe de qué otros factores ambientales.

Está nublado y el viento del mar es húmedo y frío. Dentro de ‘El Chumbo’, un restorán-chiringuito que habrá conocido mejores tardes, Manolo acude al teléfono móvil para compartir las fotos que le ha enviado su «amigo personal» Justin Dagovitz, un veterano del ejército de Estados Unidos que estuvo tres años trabajando en la base aérea de Morón. Cuando ocurrió la colisión del B52 con el KC135, él y otros 1.600 soldados fueron a medir y arramblar atropelladamente con la tierra contaminada de americio. Fueron tres meses. «Tiene cáncer de próstata y ahora cáncer de piel, pero no lo lleva del todo mal», explica Manolo de su allegado de Knoxville.

El asunto de Palomares, por mucho que le pese a Rodrigo, ha vuelto a la actualidad. Aquellos jóvenes soldados estadounidenses, hoy ancianos, demandan una indemnización al Departamento de Asuntos de Veteranos. En España, los ecologistas demandan al Consejo Nacional de Seguridad (CNS), organismo que vela por problemas como los radiactivos, para que limpie la zona; el Senado ha urgido al CNS a concluir el inventario de suelos y aguas contaminadas y el Gobierno, en una respuesta parlamentaria, ha asumido que Trump no está dispuesto a cumplir el compromiso de su antecesor, Obama, de completar el traslado de los 28.000 metros cúbicos de tierra radiactiva que quedan por ser retirados.

Rodrigo, disgustado por la repercusión de Palomares, se va a casa a estudiar y se despide maldiciendo una caca de perro que luce en la planta de la bota. «Los perritos sí que le gustan a Trump, ¿verdad?».

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