Política

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Tres por uno

De izquierda a derecha: Pablo Casado, Pedro Sánchez, Santiago Abascal, Pablo Iglesias y Albert Rivera antes del debate electoral en televisión en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo de Madrid del pasado lunes / Foto: EP
De izquierda a derecha: Pablo Casado, Pedro Sánchez, Santiago Abascal, Pablo Iglesias y Albert Rivera antes del debate electoral en televisión en el Pabellón de Cristal de la Casa de Campo de Madrid del pasado lunes / Foto: EPlarazon

Progresistas, liberales y conservadores. A comienzos del siglo XX, el estadounidense, Walter Lippmann, recomendó a los ciudadanos, de cierta madurez, tener esas tres cualidades de cara a enfrentar el futuro político. El progresismo debía mirar al futuro. El liberalismo, en su sentido más amplio, lo refería a un Estado mínimamente intervencionista, basando su economía en la libre competencia. En cuando al conservadurismo, explicaba fundador de la Escuela de Periodismo de Columbia University de Nueva York, que se llega a un nivel de experiencia de vida en los sistemas democráticos, que hay que conservar lo bueno, eliminando lo malo para seguir avanzando. Concebía a este sistema como el menos malo de todas las formas de gobierno. Pero advertía que si no se va perfeccionando, puede caer víctima de un catarro incurable, llamado ahora populismo, que acecha a derecha e izquierda.

Andalucía, con un gobierno donde tres partidos cogobiernan – con uno mirando desde la barrera –, se ha convertido en la plaza del debate, como ejemplo de lo que podría venir en España, si esa coalición del centro-derecha logra sumar y desalojar a la izquierda socialista de la Moncloa. Los números sobre sondeos no dan para eso. Los del gobierno en funciones, puede que sí. De repetir alianzas con el resto de los que tienen por la banda de babor y los levantiscos secesionistas. Las fichas del dominó político actual pueden trancar el juego. Siempre queda dinero para otras elecciones. Esta es la tragedia del sistema electoral español: Es posible que no se pueda formar gobierno. Han tardado demasiado en consensuar la segunda vuelta.

Las recomendaciones de Lippmann, ser progresistas, liberales y conservadores en la España de hoy puede que no sean tan descabelladas. Tal vez un gobierno solo progresista se convertiría en gran intervencionista. Uno solo liberal podría caer en graves fallos sociales sobre el Estado del bienestar alcanzado; y otro, únicamente conservador, en un empeño inútil de afincarse en el pasado sin mirar hacia delante. La combinación de lo positivo de las tres visiones, tal vez, sería un experimento para el entendimiento de tantas facciones enfrentadas. La permanencia de España puede que lo necesite.

El gobierno andaluz, que apenas empieza su recorrido, es un ejemplo donde reformistas (una forma de progresismo) y liberales se juega el presente y futuro de nueve millones de ciudadanos. Se apoyan en una derecha conservadora que les sirve de lazarillo. Tal vez no sea la gran solución. Pero es un experimento inédito aquí y puede que sea trasladable al país entero. El progresismo socialista es una forma peculiar de mirar el mundo. Y este globo es cada vez más liberal, incluida la China comunista; y conservador si se miran los esfuerzos por mantener vigentes los logros sociales alcanzados, sobre todo en la vieja Europa de la Unión. El próximo domingo, sabremos el nivel de madurez democrática de los ciudadanos españoles. Votar es una buena idea.