Un señor periodista. Señor y periodista

La Razón
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Hoy nos toca llorar a Santiago Talaya, que nos dio un susto tremendo hace algún tiempo y que se despidió de sus oyentes de Onda Cero para enfrentarse al cáncer que no pudo doblegarlo, con sobriedad y entereza, la que nos faltó a quienes aquella mañana lo escuchábamos. Durante muchos años compartimos espacio en LA RAZÓN, servidor al destajo entresemana y él con su dardo dominical. «Eres el Messi de esto. Algunos corremos todo el partido pero a ti te basta con tocar un balón», le dije en cierta ocasión para provocarlo. ¡A él, que hocicaba en jornadas multimedia de catorce horas sin echarle una sola ojeada al reloj! Reasentado profesionalmente en Radiotelevisión Española, nos perdimos la pista aunque una amiga común me mantenía al corriente hace unas cuantas semanas. «Está bien, limpio y contento aunque un poco harto de las miserias del periodismo». Porque hoy, en el día de las alabanzas («líbrame Señor», clama el Eclesiastés), nadie va a atreverse a recordar que Santi fue, en la última etapa de su cortísima vida, una víctima de la hemiplejia moral imperante en este oficio. ¿Qué nos pasa? ¿Por qué enterramos a tantos compañeros que ni siquiera han atisbado de lejos la cincuentena? En este mismo 2016, se ha marchado Fernando Carrasco; hace poco más de un año, murió Santi Fuertes harto de estar harto... A lo peor es que nos tomamos demasiado en serio un trabajo que, seamos francos, cada vez le interesa a menos gente o tal vez nos reconcome por dentro la certeza de informar contaminados por determinados intereses, pese a lo cual no logramos despejar el nubarrón de incertidumbre que permanentemente cubre nuestro futuro laboral. «Sin dignidad ni dinero. Vaya negociazo», se me quejaba el otro día un amigo en un bar. Ayer jugó un amistoso el Betis, hoy quiere la superioridad una crónica social porque se casa Inés Arrimadas en Jerez y el rigodón impresentable de la investidura amenaza con prolongarse hasta Navidad. Con todas esas minucias desperdiciamos toneladas de energía y mucho tiempo. Tanto, que ni siquiera es posible llegarse a Lepe al funeral de Santiago Talaya. Un profesional, otro, que literalmente se ha dejado la vida en esta profesión cada vez más ingrata.