El juramento del silencio

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Cuando el sol, lozano de primavera, en la atardecida del Miércoles Santo marca el camino entre las calles de la Zamora más románica, comienzan a brotar caudales de hermanos con túnica blanca y capirote rojo. Su marcha forma regueros penitenciales, que cada año surcan las rúas hasta desembocar en el atrio de la catedral. Y allí, desde la altura de la Cruz esperando a todos, el Cristo de las Injurias en trance de morir.

Zamora en ese mismo momento, es el reflejo fiel de la Semana Santa de esta tierra, que brilla por su silencio.

Cada año, los zamoranos y quienes lleguen los próximos días hasta esta ciudad, asistirán a una Semana Santa majestuosa; declarada de interés turístico internacional, donde tallas y cofrades desgranan la Redención en cada cortejo procesional.

Y desde hace casi tres cuartos de siglo, en aquel lejano ya 1935, con los últimos rayos del cárdeno sol, Zamora silente y dolorosa se postra de rodillas ante este bello crucificado del siglo XVI y autoría anónima para jurar silencio durante la sucesiva procesión.

La ciudad, estremecida y muda, espera que su alcaldesa Rosa Valdeón, de rodillas ante el Santísimo Cristo de las Injurias, pida por la protección de esta y sus habitantes al Hijo de Dios en la Cruz. Y a que el obispo de la misma, Don Gregorio Martínez Sacristán, proclame: «¿Juráis guardar silencio durante el recorrido de esta santa procesión? Si así lo hacéis que Cristo os los premie y sino....que es lo perdone». Y con ese Juramento del Silencio y cada hachón con su llama, la procesión recorre las calles, abiertas como llagas al dolor de los pasos.