Cómo tratar la leche materna para que no huela a rancio

El sabor de la leche puede variar al descongelarse, aunque no es un hecho habitual

En ocasiones, la leche materna presenta un olor o sabor rancios tras descongelarse. La leche no está en mal estado, y es posible que el lactante la acepte igualmente. En caso contrario, solo hay que escaldar la leche materna antes de congelarla
En ocasiones, la leche materna presenta un olor o sabor rancios tras descongelarse. La leche no está en mal estado, y es posible que el lactante la acepte igualmente. En caso contrario, solo hay que escaldar la leche materna antes de congelarla

El sabor de la leche puede variar al descongelarse, aunque no es un hecho habitual

¿Cómo puedo evitar que mi leche al congelarla tenga mal sabor? ¿Hay algún truco? Estoy congelando leche y no sé si mi bebé notará el cambio de sabor.

El sabor de la leche puede variar al descongelarse, aunque no es un hecho habitual. Lo que, en cambio, sí es algo más frecuente, es que el bebé en ocasiones no quiera tomar la leche materna descongelada, ni siquiera aunque esta sea recién extraída. Es decir, prefiere extraerla él mismo del «envase» natural, escogiendo esperar a que esto sea posible. Yo diría que es lo que sucede con más frecuencia y que nada tiene que ver con el sabor de la leche. No obstante, podemos encontrarnos con situaciones en las que, al descongelar la leche materna, esta tenga un olor y sabor como a rancio. A pesar de este olor que nos parece desagradable, los bebés con frecuencia se la toman. Para ellos no es molesto su sabor, ni tampoco significa que la leche esté estropeada y le vaya a sentar mal. En cambio, para unos pocos lactantes ese olor rancio sí les fastidia negándose a consumirla. En estos casos, si tienes el congelador lleno de leche, sí que ¡la has hecho buena! Porque nada se puede hacer al respecto, sino tirarla. Pero antes de explicar qué se puede hacer para evitar que esto suceda, me gustaría comentar por qué algunas leches presentan ese olor a rancio o a jabón y otras no. La responsable de ello es la lipasa, una enzima que permite al organismo digerir y utilizar la grasa de los alimentos. La leche materna contiene una cantidad elevada de grasa, importante no solo para cubrir las necesidades energéticas del lactante, sino también para garantizar un óptimo desarrollo cognitivo e inmunológico en él. Sin embargo, el elevado contenido de grasa de leche materna choca con la inmadurez digestiva del bebé y en parte, debido a esta, con una limitada actividad de la lipasa para fragmentar la grasa con el objetivo de que el bebé pueda digerirla mejor. No obstante, no hay que alarmarse, porque la naturaleza es sabia y lo ha previsto «todo». Así que, compensará la inmadurez digestiva del bebé, aportándole a través de la leche materna no solo grasa, sino también la lipasa necesaria para que pueda descomponer la grasa y poder digerirla mejor, pero a la vez, esta enzima tiene una función adicional, produciendo lípidos antimicrobianos que evitarán la proliferación de bacterias nocivas. Qué maravillosa y beneficiosa es la leche materna para la especie, no podemos decir lo mismo de las leches de fórmula, ya que entre otras sustancias, también carecen de lipasa. Así que no podemos cargarnos de entrada sin más esta enzima porque hayamos oído que alguna madre ha tenido que arrojar a la basura una buena cantidad de leche materna al descongelarla y el bebé rechazarla, no podemos desperdiciar sus maravillosas virtudes. La leche no está ni en mal estado ni es mala para el bebé. Lo que ha ocurrido, es que la lipasa produce un efecto de saponificación de la grasa en el proceso de congelación y hace que esta presente un olor rancio, que no siempre va a resultar desagradable a todos los bebés, ni tampoco va a suceder en todas las madres, ya la cantidad de lipasa en la leche materna varía de una madre a otra. Como es imposible saber de antemano la cantidad de lipasa que tiene la leche, y tampoco es posible conocer si el bebé la aceptará o no, lo más razonable es hacer una prueba antes de arriesgarse a tener que tirar tu personal banco de leche, ese valioso líquido que tanto esfuerzo te ha supuesto obtener. Mi recomendación es la siguiente: extraer algo de leche, dejarla unas horas en la nevera antes de congelarla para permitir que la lipasa actúe. Después congelarla durante unos días, y luego observar qué pasa cuando la descongelas. En el caso de que la leche tenga ese olor a rancio ya no hay tratamiento que valga, si el bebé la rechaza, no tendrás más remedio que tirarla. Pero sí puedes prevenir que te vuelva a suceder, si antes de congelarla, la escaldas, (no hervirla). Para ello, es suficiente con poner la leche en un recipiente a calentar hasta que empiece a formarse espuma contra los bordes del recipiente. En ese momento, se aparta del fuego, se deja enfriar y estará lista para congelar, sin que presente olor a rancio cuando la descongeles, ya que escaldándola has conseguido desactivar la lipasa. Esta leche será una opción más saludable que ofrecer al lactante leche de fórmula. En definitiva, la función de la lipasa es necesaria y muy útil, no todas las madres presentan este problema, ni es mala para la salud del bebé. Solo afecta a su olor o sabor y por lo tanto a su posible aceptación, por lo que, si el bebé no la rechaza la puede tomar. Mi consejo, por ello, es probar antes y actuar después. Las madres se merecen obtener este tipo de información y ayuda del personal sanitario que las atiende en los centros de salud.

Pueden enviar sus preguntas a consultalactancia@larazon.es