El parque del Retiro de Madrid, epicentro Pokemon

Cientos de jugadores se dan cita en torno al monumento a Alfonso XII, a los pies del estanque

Jugadores de Pokemon Go, en el parque del Retiro de Madrid.
Jugadores de Pokemon Go, en el parque del Retiro de Madrid.

Cientos de jugadores se dan cita en torno al monumento a Alfonso XII, a los pies del estanque, que se ha convertido en la "zona cero"del fenómeno en Madrid.

Tenga o no un teléfono inteligente, le gusten poco o nada los videojuegos, sepa bien o mal lo que son los pokémon, seguro que se ha cruzado ya con alguna de estas criaturas de mil colores, ¡y usted sin saberlo! Pero no se esfuerce, porque son sólo un espejismo, pequeños monstruos dentro de una realidad virtual que han despertado el fanatismo de quienes han crecido junto a estos fantásticos animalillos que, allá por los 80, conocieron a través de la pequeña pantalla.

Pero, lo que sí podrán observar sin necesidad de descargarse ninguna aplicación en el móvil, es la fiebre que ha despertado este fenómeno en tan sólo unos días; basta con que se acerque a una zona verde, porque es allí donde más cómodos se encuentran estos nuevos vecinos nuestros.

El mejor ejemplo es el Parque del Buen Retiro, en Madrid, ese lugar donde uno se encuentra con parejas calladas porque no necesitan decirse nada más que sonrisas, con mascotas y dueños cómplices, con amigos descubriéndose en lo largo de un paseo, con personas sumergidas en el suave murmullo del pulmón de la capital... y ahora también, con jóvenes -y no tanto- ensimismados en su teléfono en busca de la nada. Caminan calculando cada paso, sin levantar la mirada de sus pantallas, hasta que, de pronto, algo imperceptible a la vista de los demás les hace parar en seco, girar sobre sí mismos e, incluso, dar gritos y saltos de alegría. No hay duda: es un pokémon.

Desde su lanzamiento en España, la aplicación Pokémon Go ha reunido a decenas de personas en el estanque de El Retiro, punto central del parque en el que ahora, además del traqueteo de los remos y del curso del agua, se oyen jadeos que recuerdan a los de una grada de fútbol.

Pero, ¿quién juega a Pokémon Go? Por supuesto, como los buenos consumidores de videojuegos que son, los adolescentes españoles se han enganchado sin mucho esfuerzo al movimiento «¡Hazte con todos!» -éste es el mítico lema de Pokémon-. No obstante, los que rondan la treintena de años sienten que, de alguna manera, Nintendo ha lanzado la aplicación Pokémon Go pensando en ellos: los primeros niños que vivieron con emoción las aventuras en televisión de los entrenadores de estos seres capaces de evolucionar en auténticas bestias.

Es el caso de Juanki, un publicista y diseñador gráfico de 29 años que descubrió la aplicación cuando se popularizó en Estados Unidos gracias a los vídeos colgados por los aficionados americanos en Youtube. Así, Juanki comenzó a jugar a Pokémon Go en su versión original y, para cuando la aplicación llegó a España, él ya era todo un experto -y con la pantalla del móvil rota, «con lo que jugar es un poco caótico y desesperante», asegura-.

Sin embargo, Juanki aún no se considera un adicto a Pokémon Go, pues dice jugar aprovechando los ratos de espera en la parada del autobús o del tren. La que sí reconoce estar «un tanto viciada» es Nora, una azafata de vuelo de 23 años que, aprovechando que hoy está en Madrid y mañana en Cancún, caza criaturas que no están al alcance de un jugador con un trabajo más rutinario, de esos en los que no se sobrevuela el mundo cada semana. «Acabo de llegar a Islas Mauricio y lo primero que he hecho ha sido conectarme a internet para ver qué hay por aquí», cuenta esta joven que tan buen rendimiento saca a cada rincón en el mundo con wifi. Pero, aún así, Nora dice no ser «una friki de los videojuegos», pero que la carga emocional hace de esta ocasión una excepción: «Me he criado con los pokémon». De hecho, que los jugadores estén vinculados por la infancia a la marca Pokémon parece lo lógico, pero, no siempre es así, porque todos los compañeros de tripulación de Nora han acabado descargándose la aplicación sin mucha idea de lo que este mundo significa. Y entre ellos, también el Capitán del avión, sí, ese hombre uniformado que tanta seriedad nos inspira: «Me he viciado un poquito», admite con la boca pequeña entre las risas del resto del equipo.

Detractores del juego

Pero, al mismo ritmo que se desata la locura por los pokémon en el mundo digital, en el real se populariza otra tendencia casi por inercia: la de los detractores del juego. Y ante ellos, los jugadores sacan a relucir algo así como «la función social» de Pokémon Go. Para empezar y en contra del sedentarismo que promueven el resto de videojuegos, éste empuja a salir de casa: «Además, si la aplicación percibe que vas a más de 10 kilómetros por hora, deja de contabilizar el avance en el juego». Así lo explica Juanki, que también otorga a Pokémon Go una capacidad socializadora, pues, como quien se encuentra con otro fumador a la puerta del bar, el que se choca con otro jugador a la caza de una criatura siente la necesidad de entablar conversación -y quién sabe si amistad- con su compañero de afición. Y por si fuera poco, Juanki asegura que la aplicación permite descubrir lugares culturales invitando a los jugadores a acercarse a un museo a contemplar una obra de arte o a visitar un monumento y conocer su historia -ya que uno se acerca al Museo del Prado a por un pokémon, que menos que entrar a ver «Las Meninas» de Velázquez-.

Así que, mientras sirva para descargar tensiones y aliviar los males, tratemos a Pokémon Go, simplemente, como lo que es: una materialización más de la esencia de nuestro siglo, el 2.0.