La soledad: broche flamenco a la Semana Santa

La Plaza de la Villa fue el escenario del emotivo encuentro del Cristo Yacente con su madre. Dos de los cantaores de saetas de mayor éxito nacional pusieron un cierre de oro a la última procesión de 2017.

Dos cantaores intepretaron saetas desde el balcón de la Casa de la Villa tras el encuentro de la Virgen y el Cristo Yacente
Dos cantaores intepretaron saetas desde el balcón de la Casa de la Villa tras el encuentro de la Virgen y el Cristo Yacente

La Plaza de la Villa fue el escenario del emotivo encuentro del Cristo Yacente con su madre. Dos de los cantaores de saetas de mayor éxito nacional pusieron un cierre de oro a la última procesión de 2017.

Tres días después del comienzo de la pasión de Cristo, las procesiones de la Virgen de la Soledad y del Cristo Yacente pusieron ayer punto y final a los pasos de fe de la Semana Santa madrileña que se cerrará hoy, domingo de Resurrección, con la ya clásica tamborrada en la Plaza Mayor. El paso del Cristo Yacente, que fue trasladado a primera hora de la mañana desde Móstoles, comenzó finalmente con algo más de media hora de retraso su recorrido por las calles del viejo Madrid, con comienzo en el Monasterio de la Encarnación, donde ya aguardaban desde hacía horas su salida decenas de fieles. Así, los ocho hermanos costaleros que transportaron la sobria imagen barroca de Cristo ya descendido de la cruz cargaron durante más de dos horas y media unos 200 kilos de peso sobre sus hombros. Estos cofrades fueron precedidos por cerca de una veintena de sus hermanos que transitaron por las calles del Madrid de los Austrias y por las inmediaciones del Palacio Real y de la Plaza de Oriente ataviados con un hábito negro, símbolo del luto por la muerte de Jesús en la cruz y con la cara oculta con una capucha de un brillante color rojo que representa «la sangre del señor», como explicó Manuel Torres, el secretario de la hermandad, minutos antes del comienzo de la procesión.

El encuentro

Mientras el Monasterio de la Encarnación abría sus puertas para dar comienzo al desfile de nazarenos y viandantes detrás de la imagen de Cristo, el paso de la Virgen de la Soledad –una talla de Juan Pascual de Mena, del siglo XVIII, más pesada y decorada–, había salido ya de la Iglesia de las Calatravas y desfilaba por la calle Alcalá camino de la Plaza de la Villa, un céntrico enclave en el que, hacia las siete de la tarde, se produjo el momento más emotivo de la tarde: el encuentro del paso de la Virgen de la Soledad y el Desamparo con el del Cristo yacente.

Frente a la antigua sede del Ayuntamiento de Madrid, madre e hijo, finalmente coincidieron. Un momento mágico y muy emotivo al que los miles de devotos, madrileños y foráneos, asistieron en completo silencio. La emotiva paz del momento solo fue rota por el retumbar de los tambores de las bandas de ambas hermandades y por los espontáneos aplausos de los asistentes cuando los hermanos costaleros de la Virgen de la Soledad, de luto por entero, levantaron el paso, de considerable peso, por encima de sus cabezas, para a continuación realizar una inclinación hacia el Cristo, simbolizando la piedad, es decir, el momento en el que María recibe el cuerpo de Jesús, su hijo, una vez que es desclavado. La sección de Instrumentos de la Hermandad y Cofradía de Nazarenos de Nuestro Señor Jesús de la Humildad Entregado por el Sanedrín y de María Santísima del Dulce Nombre, y la Banda de la Soledad y Banda Unión Musical «el Maestro» con la Virgen, fueron los encargados de poner la música al paseo de ambas imágenes por las calles de la capital.

Baño de multitudes

Ya roto el religioso silencio, llegó el turno de Juañares y Perre, dos de los cantaores de saetas de mayor renombre del panorama flamenco nacional, que desde el balcón de la casa de la Villa interpretaron una saeta en honor de los dos protagonistas del día: la Virgen y su hijo. Dos cantares emotivos y sentidos que dejaron asombrados a los madrileños y que hicieron las delicias de los muchos turistas extranjeros que ayer presenciaron uno de los espectáculos más genuinos del folklore español.

«Es una procesión que levanta mucha expectativa porque pasamos por todo el centro de Madrid y además, las dos hermandades, somos las únicas que desfilamos el sábado» explicaba ayer Manuel Torres mientras revisaba que todos los detalles del paso estuvieran en orden. Unas expectativas que, a juzgar por el lleno de la Plaza de la Villa, no se vieron defraudadas en la procesión que lleva ya cinco años poniendo el broche a la Semana Santa madrileña.