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(Mal)vivir por el amianto

Matías se asfixia. Sus pulmones ya no le permiten acelerar el paso porque si no aparecen las taquicardias. Estuvo trabajando casi 30 años en Uralita. Por eso, su médico no tardó en darle un diagnóstico: padece asbestosis.

  • A Matías no sólo le ha afectado su contacto con el amianto en su actividad física diaria, «también le ha cambiado la voz», explica su esposa Aura. De ahí que haya dejado de cantar flamenco. «No se me daba mal», reconoce. Foto: Connie G. Santos
    A Matías no sólo le ha afectado su contacto con el amianto en su actividad física diaria, «también le ha cambiado la voz», explica su esposa Aura. De ahí que haya dejado de cantar flamenco. «No se me daba mal», reconoce. Foto: Connie G. Santos

Tiempo de lectura 4 min.

26 de mayo de 2018. 15:17h

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Belén V. Conquero Madrid. 25/5/2018

A finales de abril, Metro le reconocía a Antonio Morán, de 56 años, oficial de mantenimiento de ciclo corto, y a otros dos compañeros que el origen de su enfermedad era el trabajo que había desempeñado desde 1979 cuando empezó a dedicarse al mantenimiento de los trenes. El jueves por la tarde fallecía. En 2017, los médicos le confirmaron que tenía asbestosis por estar expuesto a fibras procedentes de amianto. Sus compañeros de Comisiones Obreras aún siguen consternados. Antonio no es el único que tuvo que aprender a vivir con la respiración entrecortada, sin poder subir más de dos peldaños seguidos. La fatiga siempre está ahí. Y Matías Barrado lo sabe bien.

Hace dos años, Aura, su esposa, tomó una decisión: se acabaron los zapatos con cordones. Sustituyó todos por los que llevaran velcro. ¿Por qué? «Lo pasaba muy mal viendo cómo intentaba abrochárselos porque se ahogaba. No podía respirar», explica ella, mientras él asiente a su vera.

Hace unos tres años, «empecé a notar que me faltaba el aire con cualquier actividad física. Un simple paseo me cansaba», reconoce este ex trabajador de la empresa Uralita. Su doctora le confirmó su sospecha y como indica su historial, que muestra a LA RAZÓN, tiene asbestosis.

explica Isabel Urrutia, neumóloga y coordinadora del Área de Medio Ambiente de la Sociedad Española de Neumología y Cirugía Torácica (Separ). Hace más de 20 años que Matías no tiene contacto con el amianto, «desde que me obligaron a irme de la empresa con 55 años», sin embargo, sus pulmones aún lo recuerdan. «Es muy habitual que se desarrolle entre 10 y 40 años después de haber estado expuesto, de haberlo inhalado. Puede permanecer en latencia durante todo ese tiempo», subraya la neumóloga. Es por eso que los casos que van apareciendo suelen darse entre jubilados. «Empecé a ocuparme de estos casos hace dos años y ya habré visto unos 200», añade. «No hay registro que nos permita calcular el número de afectados, pero nos gustaría hacerlo», se lamenta.

El hermano de Matías, siete años mayor que él, también trabajaba en la empresa. «Yo puede pasarme a las oficinas, pero él estuvo toda su vida en las tolvas, donde se mezclaban los productos. Era más peligroso. Murió de cáncer de pulmón». También es cierto, indica este madrileño de 76 años, «que él nunca dejó de fumar». Aura tiene claro que eliminar el tabaco de su vida «es lo que le ha salvado a él. Ha retrasado el problema pulmonar».

El doctor de cabecera que visitó no tardó en detectar que el amianto era el origen de sus fatigas y le derivó al neumólogo. Una espirometría confirmaría el diagnóstico. Desde entonces toma Spiriva, un broncodilatador que mejora el funcionamiento de sus pulmones. Poco más puede hacer. «También me hago un brebaje con aloe vera y miel que me ayuda», explica. Por lo menos ha conseguido detener las taquicardias que le daban cada vez que aceleraba el paso.

No es el único de su familia al que le ha afectado el contacto con esta fibra que, desde 2002, está completamente prohibida en toda la Unión Europea. «Tengo un primo que vive en Parla y que trabajó en la misma empresa. Él tiene los pulmones peor que yo, se le ha agravado la enfermedad». Y no sólo eso, «su esposa también está afectada. Era la que le lavaba la ropa de trabajo, la que sacudía su mono cada noche y por eso también inhaló las briznas de amianto». El caso de esta ama de casa no es ninguna excepción. «Son muchas las mujeres de los obreros de fábricas y astilleros que también han desarrollado cáncer o alguna enfermedad relacionada con el amianto», recalca Urrutia.

Matías no se plantea reclamar el reconocimiento de su situación como una enfermedad laboral. «Conozco casos a los que les dieron la razón y al recurrirla la empresa al Supremo han tenido que devolver el dinero. Prefiero no meterme». En su edificio vivían muchos compañeros, «pero ya han muerto todos».

Lo que verdaderamente echa en falta es cantar. «Le llamaban Joselito de pequeño», dice su esposa. Sus pulmones ya no se lo permiten.

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