“En la pandemia han salido a la luz muchos alcohólicos”

Las personas que asisten a Alcohólicos Anónimos ya han vivido varios confinamientos para dejar de beber y ahora la Covid-19

Eran, y son, personas vulnerables a las que en estos tiempos de pandemia nunca se les ha puesto nombre: los alcohólicos o los que ya emprendieron la senda de dejar de beber voluntariamente hace años o meses, a pesar de que son muy conscientes de que es una enfermedad crónica que siempre está al acecho; más aún, si se tiene en cuenta que está al alcance de la mano. Tan sencillo como bajar a la calle y encontrarse cinco bares a la redonda y varias tiendas. En estos meses se ha puesto su resistencia a prueba. Viven y han vivido la tormenta perfecta: la Covid-19, el confinamiento y, ahora, las restricciones, tres elementos que si han añadido estrés y angustia a la mayoría de la población a ellos les ha provocado algún sobresalto emocional; no lo suficiente para agarrar una botella, pero sí para dejar de ver a sus grupos de apoyo... O no.

Hablamos con Marta (50 años), José (32) y Andrés (63), que reciben a LA RAZÓN en uno de los centros de Alcohólicos Anónimos situado en Orcasitas. ¿Cómo se han organizado en un estado de semi libertad impuesta aunque sea por razones sanitarias? «Soy cajera en un supermercado y tengo mis días ocupados, pero teníamos reuniones por “skype” o “zoom”, por lo que siempre estaba en contacto con mis compañeros. En esta situación de estrés añadido, ¿qué hubiera hecho hace unos años? Beber, porque así era cómo solucionaba todo, me evadía de mis problemas, me escondía y me anestesiaba». Lo dice una persona que, tras pasar unos meses, dejó Alcohólicos Anónimos pero, tres años después se dio una segunda oportunidad: «Me agarré como a un clavo ardiendo y ha sido la mejor decisión de mi vida porque he aprendido a vivir sin beber», apunta.

José, de 32 años y originario de Perú, sabe lo que es la soledad sin necesidad de un azar de la vida. Llegó a España hace un año y medio «limpio» porque ya empezó su reconstrucción vital en su país. Explica cómo fue el confinamiento y ahora las restricciones: «En marzo fue más agobiante estar en un cuarto y no poder salir. Sin embargo, yo ya había pasado por esta situación, aunque por una causa diferente: cuando era alcohólico activo me aislé: por supuesto, evitaba los bares, pero también los amigos que tenía y no asistía a cumpleaños o celebraciones... Y de repente, no sé qué día fue, se me quitó la obsesión por beber. Ya no echaba cuenta de si había pasado un mes o dos. Esa sensación de apuntar los días sin beber se acabó. En estos meses José no ha estado solo: «Tengo teléfono, ordenador y me mantenía ocupado leyendo y siempre está el “padrino” –la persona a la que se les designa personalmente para que le puedan llamar a cualquier hora– en Perú y le llamaba cada mañana, y a Andrés, al que considero como mi padre».

En este colectivo los teléfonos casi nunca están en silencio ni desconectados. Son como una red de urgencias, porque lo más sencillo, y complicado que hay, es asomarse a un bar, ver cómo beben otros y, como dice José: «Saber que tú aparentemente no eres como ellos. Siempre quieres más, no tomas una caña y te vas. La mente pide más ''gasolina''».

A sus 63 años, la disciplina de no acercarse al alcohol en muchos años ha sido la mejor herramienta para solventar esta situación de la mejor forma. Y eso que no lo tenía fácil: su esposa y una de sus hijas son sanitarias; otra educadora infantil y el ERTE acechaba como un mal menor a pesar de que procura muchas incertidumbres. «Lo que está sucediendo es duro para todos, pero me ha ayudado mucho lo que aprendí: la aceptación de mi condición de alcohólico y ahora esta realidad. Es cuestión de disciplina, también de humildad y de asumir lo que te está ocurriendo», comenta. Sin embargo, no todo ha sido un camino de rositas. Por su familia sabía «que los más ancianos o se morían por el coronavirus o por hambre, porque eran dependientes, aunque las enfermeras lo han dado todo. Al saber lo que ocurría tenía mucha carga emocional , necesitaba soltarla, pero tardé. Lo hice a los diez días en una reunión a través del ordenador».

Una peripecia

¿Y si está situación le llega a pillar con la voluntad baja? «¡Uy! Hubiera sido horroroso. Cada vez que hubiese salido a comprar al supermercado me hubiera llevado latas de cerveza, whisky, ginebra... porque llega un momento en que todo vale. Luego lo tendría que haber escondido en casa para que no lo viese mi familia, después beber a escondidas en cualquier rincón... Hubiera sido una peripecia, que hasta que no se es consciente es muy difícil digerir».

Si algo, poco, bueno, se puede sacar de esta pandemia es que durante el confinamiento, y ahora las restricciones, mucha gente se ha dado cuenta de que es alcohólica sin que se les hubiese pasado por la cabeza. Lo que antes consideraban una anécdota –salir con amigos y beberse unos tragos, con la correspondiente resaca que se aliviaba con un paracetamol–en estos meses ha destapado en muchos que eran más dependientes de lo que parecía. «Nos han llamado muchas personas que han descubierto que el alcohol era un hábito que no podían superar. Lo que hemos hecho es derivarlos por teléfono a sus centros más cercanos y que empezasen a contarlo para que empezaran a desandar el camino». Marta, como cajera, miraba con empatía e inquietud, «como algunos venían sólo al establecimiento por botellas y ninguno quería el tique porque les daba vergüenza». Después del confinamiento llegaron las reuniones, diez como máximo, no brindaron ni con zumos ni con agua. «No era cuestión de compartir objetos, pero sí que nos reconocíamos a través de la mascarilla a través de las miradas y la complicidad que tenemos».