Esta es la historia del palacio y los jardines del Buen Retiro

Al cruzar la plaza de Neptuno se inicia otro paseo en el que en su recorrido no se puede prescindir de la historia

El Retiro es una obra maestra del sosiego y paz urbanas
El Retiro es una obra maestra del sosiego y paz urbanas FOTO: Alberto R. Roldán La Razón

A un lado, el legendario hotel Ritz, recientemente remodelado y construido con todos los lujos necesarios para una ciudad capital como era Madrid a principios del siglo XX. Todo este barrio -a ambos lados de la plaza de Neptuno- fue levantado o remodelado a principios del siglo XX. La nueva burguesía, los políticos, la ciudadanía de servicios necesitaba nuevas casas, o palacios, en aquellos lugares emblemáticos. Esta nueva sociedad estaba lista para ocupar los solares dejados por las piquetas que habían tirado conventos y monasterios. De algunos aún queda algún recuerdo, plazas cuadrangulares (como Santa Ana); de otras demoliciones, no queda ni rastro.

El caso es que subiendo por la calle de la Academia, a un lado está el Ritz y al otro el Museo del Prado, que antes había sido Real Gabinete. ¿Qué más se puede pedir? ¡Alguna taberna!

Un poco más arriba, el edificio de la Real Academia Española, dorado depósito de la creación española y del estudio filológico y lingüístico de su lengua. ¡Menudos tesoros se custodian en su Archivo y en su Biblioteca! y ¡menuda tradición científica y cultural que arranca del siglo XVIII!

A espaldas de la Academia, están los Jerónimos. El monasterio había sido instalado allí a principios del siglo XV, tras moverlo desde El Pardo, cuentan que en lugar de tránsito, que se le llamaba el monasterio de El Paso. Pero no era sitio salubre. Así que se llevó a un otero al otro lado de la villa. Y allí sigue. Sigue a su manera: porque pocos edificios han conocido, y aun sufrido, tantas destrucciones y remodelaciones como este convento. Y, sin embargo, se yergue potentísimo sobre la ciudad y parece que es del siglo XV, o gótico isabelino. Pero no, no lo es. Cuando se hizo la polémica ampliación del Museo del Prado, se desmontó su claustro renacentista, y se volvió a recomponer ya dentro del Museo y aún lo podemos contemplar y visitar, engalanado con una colección de estatuas reales que no se pueden ver en ningún otro espacio. Y así son los Jerónimos: piedras alzadas, destruidas, limpiadas, recolocadas, enriquecidas, protegidas, perdidas. Durante esa última remodelación se descubrió y examinó una necrópolis de los monjes, cuyos restos óseos fueron trasladados para su estudio a un depósito arqueológico que tiene la Comunidad de Madrid en Alcalá de Henares. Pobres monjes, que han dejado su rastro enjuto, desdentado, de piernas arqueadas y columnas vertebrales dobladas por los pesos de la vida.

A veces me pregunto que si no deberíamos rendir digno homenaje a tantos huesos humanos que hay por todas partes y enterrarlos, en vez de que estén en cajas apiñadas en estanterías metálicas, o incluso en vitrinas de museos. Son cadáveres de seres humanos. Restos de nuestros antepasados.

La iglesia, por dentro, no tiene nada que ver con lo que debió ser, aunque ahora sea como es. En la segunda capilla a mano derecha una lápida nos recuerda que a principios del siglo XVII allá estuvo el embajador Hans Khevenhüller (enterrado en el refectorio que ya no existe), él mismo que se hizo una quinta de recreo en Arganda. Había pasado diez años enterrado en la iglesia de San Pedro (por eso quedan pechinas con el escudo familiar, unas bellotas) toda vez que vivió en su palacio en la calle Segovia, que era parroquiano de esa antigua mezquita hecha iglesia.

La puerta de Mariana de Austria

Yo no sé si cuando se anda por allí, se es consciente de la herencia cultural que se puede disfrutar. Subida la cuesta, se puede entrar al Retiro por la puerta de Mariana de Austria, que no es la principal del parque.

El Retiro es una obra maestra del sosiego y la paz urbanas. Ha sido achicado, rediseñado, destruido y bombardeado, remodelado también, y ahí sigue. ¡Es un parque del siglo XVII!, sí, porque en Madrid se pasea, se corre, se celebran ferias del libro, se va y se viene por un parque de los años 30 del Siglo de Oro.

De sus orígenes sólo quedan dos edificios (el antiguo Museo del Ejército y el Casón del Buen Retiro), y también el Estanque, y algunos restos de la ermita de San Antonio de los Portugueses (que estaba en donde Bellver dispuso su maravillosa escultura dedicada al Ángel Caído, y más allá porque la ermita era gigantesca).

Quedan también, fuentes, platos, pilas, surtidores y bebederos porque parece mentira la cantidad de aguas canalizadas que han alegrado la vida del parque, de sus jardines y de sus madrileños. (Continuará).