Colgados en el ascensor

Imágenes de Gran Vía desde la azotea del Circulo de Bellas Artes
Imágenes de Gran Vía desde la azotea del Circulo de Bellas Artes FOTO: Jesús G. Feria La Razon

Acudo al Premio de Páginas de Espuma, el Premio de Juan ya para los que gastan confianza, que se anuncia en el Círculo de Bellas Artes, y al subir, el ascensor resulta que se detiene y uno se queda ahí colgado en compañía de Andrés Seoane, otro galeote de las letras, pendiendo de los cables entre la segunda y la tercera planta porque la electricidad se ha ido o no ha llegado por el mogollón energético o a saber por qué movida. Esto de permanecer suspendido en altura, como un murciélago sin alas, le hace a uno entender mejor la física de Newton y eso del tirón gravitatorio. Sin más luz que la del móvil, el único socorro es la voz de una tal Yolanda, que nos avisa por el interfono que un técnico está en camino, lo que arrastra a Andrés, no se sabe si porque es un romántico o si es que estas situaciones empujan a su imaginación hacia estas direcciones oblicuas, a conceder a la muchacha los mejores atributos que reúnen las doncellas en la lírica trovadoresca.

El tema es que nos quedamos ahí tirados en un largo impás que solo interrumpe un ujier con una pregunta intranquilizadora («¿Todavía estáis ahí?») y que nos permite comprobar que los pensamientos no circulan más rápidos a esa altura, lo que quizá explique por qué las palomas son unos animales tan estultos. La espera da hasta para desacreditar a los héroes de la Marvel, quizá porque ninguno de ellos ha venido a rescatarnos. Esto lo hace un greñudo más de 45 minutos después, con una ropa con más experiencia encima que el mono de un mecánico, y la retranca de los tíos listos. Al principio evalúa extraernos por el techo, como a lo Bruce Willis, perspectiva que mola, que uno vio de pequeño sus «junglas», pero al final lo hace por la puerta. Y es que en este mundo ni lo excepcional acaba siendo algo asombroso.