Estela funeraria de Valentín Gamazo y sus tres hijos
Estela funeraria de Valentín Gamazo y sus tres hijosLa Razón

Valentín Gamazo, el Fiscal de la República que fue asesinado bajo mirada socialista

El 5 de agosto de 1936, milicianos socialistas ataron, torturaron y mataron a un Abogado del Estado junto a sus tres hijos

El 5 de agosto de 1936 fueron asesinados, por milicianos socialistas, cuatro miembros de una misma familia: Marcelino Valentín Gamazo y sus tres hijos, José Antonio de 21 años, Francisco Javier, de 20 y Luis Gonzaga de 17 años.

Marcelino Valentín Gamazo había nacido en Arechavaleta (Guipúzcoa) el 14 de agosto de 1879. Así pues, al ser asesinado, le faltaban nueve días para cumplir 57 años. Abogado de profesión, fue secretario de los colegios de abogados de Madrid en tres ocasiones. Decano de los Abogados del Estado, llegó a ser Fiscal General de la República, cargo para el que había sido nombrado por Niceto Alcalá Zamora el 16 de noviembre de 1935 a propuesta del Ministerio de Justicia, tanto por su prestigio como jurista, como por el hecho de merecer toda la confianza del Gobierno de la República. Pues no debemos olvidar que Don Niceto Alcalá Zamora había sido el primer presidente del Gobierno Provisional y finalmente llegó también a ser presidente de la Segunda República Española.

Marcelino Valentín Gamazo estaba casado con Narcisa Fernández Navarro de los Paños, con la que tuvo nueve hijos. Su esposa poseía fincas en Rubielos Altos, en la provincia de Cuenca, aunque la familia vivía en Madrid donde él ejercía su profesión. Su actuación profesional más notable, en el ejercicio del cometido que le correspondía como Fiscal General de la República, fue en la causa emprendida por el Tribunal Supremo contra el socialista Francisco Largo Caballero (el llamado Lenín Español) como principal responsable -instigador y organizador- del golpe de estado contra la “república burguesa” que la historiografía denomina “La Revolución de Octubre de 1934”.

Abogados del Estado asesinados durante la Guerra Civil FOTO: ABC

En dicha causa, Valentín Gamazo había pedido para Largo Caballero -cumpliendo el cometido que le correspondía como Fiscal General de la República- una pena de 30 años de reclusión, que era la que le correspondía al ser acusado de rebelión militar. Pues la “Revolución de Octubre” había sido un alzamiento en armas contra la República que causó más de mil muertos, siendo necesario el empleo del Ejército para sofocarla. Absuelto Largo Caballero merced a las presiones ejercidas sobre el Tribunal Supremo, y muy especialmente ante el temor a la reacción de las milicias armadas del PSOE, si resultaba condenado. Por ello Valentín Gamazo presentó su dimisión, al haber quedado probado en el juicio la participación y responsabilidad de Largo Caballero como instigador y organizador de la Revolución de Octubre contra la República.

En el mes de julio, dando por hecho como toda persona bien informada que el enfrentamiento era inevitable, bien por una sublevación militar o por una insurrección revolucionaria, pensó que estaría más seguro en Rubielos Altos en la casa y finca de su esposa Narcisa Fernández Navarro de los Paños a donde se trasladó con toda su familia.

El 5 de agosto de 1936, cuando se encontraban en el interior de la vivienda los tres hijos mayores del matrimonio, José Antonio, Francisco Javier y Luís Gonzaga Valentín Fernández, jugando al frontón, se presentó un grupo de diez o doce milicianos en una camioneta requisada. Tras penetrar en el patio de la vivienda, manifestaron que habían venido para llevarlos a Albacete a declarar. En principio los hermanos se resistían a hacerlo, pero el padre, Marcelino Valentín Gamazo, como correspondía a un notable jurista que había sido nada menos que fiscal general de la República, les ordenó que obedecieran. Pues al no tener ningún cargo contra ellos, tras tomarles declaración quedarían en libertad.

Pero en cuanto se alejaron del pueblo los ataron, y tras vejarlos y torturarlos durante todo el día, los asesinaron al día siguiente en un olivar situado en el margen derecho de la carretera que va de Tébar al Picazo. Y fueron tan canallas que los asesinaron de menor a mayor. Primero al pequeño Luis Gonzaga, de 17 años. Luego a Francisco Javier de 20. Después al mayor, José Antonio de 21 años… y finalmente al padre, al que obligaron a presenciar la muerte de sus tres hijos.

Estela funeraria de Valentín Gamazo y sus hijos FOTO: La Razón

Dejaron los cuatro cadáveres pudriéndose al terrible sol de agosto. Y como podía esperarse de aquellas alimañas, ni tan siquiera ejercieron la séptima de las obras corporales de la misericordia enterrando sus cuerpos en la cuneta. Luego pararon en el pueblo de El Picazo a tomar unos refrescos, mientras se jactaban de su “hazaña”. A alguno de los hijos debió costarle morir con los disparos de las escopetas, pues entre risotadas comentaron en el bar.... ¡estaban duros los perdigones! [1].

Cuando se supo en el pueblo de Rubielos Altos que habían aparecido los cuatro cuerpos tirados en un olivar, se fue a buscarlos. Trayéndolos atravesados sobre caballerías y envueltos en mantas. Pues ya había comenzado la descomposición de los cadáveres. Se deja a la imaginación del lector recrear la escena dantesca de la madre, y el resto de los hermanos y hermanas pequeñas, (cinco en total, pues uno de los hijos, Alfonso, ya había muerto en la infancia) ante la llegada de los cuerpos de su padre y de sus tres hermanos mayores.

Fueron descargados de las caballerías en el mismo lugar de donde habían partido. Y testigos presenciales de aquel momento dramático, relataron que la madre, Narcisa Fernández Navarro de los Paños, fue quitando las mantas que cubrían los cuatro cadáveres, de su marido y sus tres hijos. Al tiempo que los nombraba uno a uno. No derramó ni una lágrima…. pero por la palma de las manos le corría la sangre producida al clavarse las uñas.

Dos años después de finalizada la guerra, el conductor de la camioneta requisada se encontró por casualidad con uno de los milicianos que estaba trabajando en una obra en Madrid cuando este le pidió fuego. Al dárselo, su cara le resultó vagamente conocida aunque sin poder precisar dónde podía haberla visto antes. Pasados algunos días pudo recordar aquella fisonomía. Era uno de los milicianos que le habían requisado el camión obligándole a trasladarlos a Rubielos Altos de donde se habían llevado a aquel hombre y a sus tres hijos, a los que posteriormente habían matado. Denunciado el hecho a la policía, el sujeto fue detenido y se le formó causa por el múltiple asesinato. Tras el correspondiente juicio, fue condenado a muerte y pagó su crimen ante el pelotón de fusilamiento. Hoy es una más de las “víctimas de la represión franquista” que ha sido elevado a los altares laicos como “mártir de la democracia” por la infame ley de la memoria histórica.

El resto de la partida de facinerosos logró eludir su responsabilidad criminal, tal vez escapando al extranjero. Y hoy también son acogidos con amorosos brazos en el artículo 2, Reconocimiento general, de la ley 52/2007 donde tras establecer en el punto uno el carácter radicalmente injusto de todas las condenas dice en el punto tres: así mismo se reconoce y declara la injusticia que supuso el exilio de muchos españoles durante la Guerra Civil y la Dictadura.

Concesión de pensión extraordinaria a Narcisa Fernández Navarro, viuda de Valentín Gamazo FOTO: La Razón La Razón

Epílogo

Cuando el 14 de abril de 1931 se proclamó la Segunda República, la abuela de Jesús María Fernández Medrano -sobrino de Valentín Gamazo y primo hermano de los tres hermanos asesinados que fue el único que salvó la vida aquel aciago 5 de agosto porque se negó a subir al camión- lloraba desconsoladamente. Ante ello, Marcelino Valentín Gamazo, el preclaro jurista, que tres años después llegaría a ostentar nada el cargo de Fiscal General de la República, le decía: ¡¡¡Por Dios Señora!!! ¡¡¡No se preocupe!!!.... parece mentira que usted, que tiene mundo, que ha vivido en la República Argentina, tenga esa prevención a un régimen político tan válido como la monarquía. A lo que Mercedes Moreno Vílchez le respondía:

-Sí Marcelino, sí me preocupo, que en España la república es quemar iglesias, matar curas y monjas y asesinar a personas de orden.

Y Marcelino Valentín Gamazo le respondía: ¡¡¡Por Dios señora, pero que cosas tiene usted!!! Acompañando la exclamación con un expresivo gesto de indulgencia ante los temores de aquella señora ya entrada en años. Se dice que ante la inminencia de la muerte, los recuerdos de toda una vida acuden en tropel a la mente, con inusitada viveza de la memoria. ¿Recordó Marcelino Valentín Gamazo, antes de ser asesinado, aquella conversación que había mantenido tan solo seis años antes?

Si todavía tenía alguna esperanza, sin duda se disipó cuando la camioneta se detuvo en aquel solitario y apartado paraje, y cuando aquellos abyectos asesinos los bajaron del camión atados, cual reses que van al matadero. Muy posiblemente entre mofas -baste recordar los posteriores y jocosos comentarios en el Picazo- obligándoles a internarse unos metros en el olivar, mientras preparaban las escopetas cargadas con postas.

Según el relato del conductor del camión que estaba presente, y luego fue el principal testigo de cargo en el juicio habido contra el único que pagó con su vida el crimen, el padre pidió que le disparasen primero a él. Bien fuera para no presenciar la muerte de sus hijos, o tal vez con la esperanza de que con su muerte tuvieran suficiente y respetaran la vida de sus hijos. Esta petición, en lugar de moverlos a compasión, fue precisamente la que les dio la idea para la crueldad suprema. Procediendo a darles muerte en orden inverso a sus edades. Empezando por el más pequeño y finalizando con el padre, al que obligaron así a presenciar la muerte de sus tres hijos.

Una consideración final

Todo parece indicar que entre los milicianos socialistas pertenecientes al pueblo de La Jara que cometieron el cuádruple asesinato, figuraba alguno llegado expresamente desde Madrid. La larga mano del “Lenin Español” había tomado sus providencias para hacerle pagar, al que fuera Fiscal General de la República, la osadía de acusarlo en la causa que se había seguido contra él. Acusación ejercida en defensa de la República. Un caso más de la verdadera memoria histórica, que el PSOE y la izquierda pretenden ocultar.

[1] En esta zona de la provincia de Cuenca se llama “perdigones” a los pollos de la perdiz.

Lorenzo Fernández-Navarro de los Paños Álvarez de Miranda