Motor

Prueba: Al volante de un Formula E

La Razón prueba el monoplaza campeón del mundo de Formula E, el campeonato 100% eléctrico en el que la marca gala DS obtuvo el título la pasada temporada

Prueba: Al volante de un Formula E
Prueba: Al volante de un Formula Elarazon

La Razón prueba el monoplaza campeón del mundo de Formula E, el campeonato 100% eléctrico en el que la marca gala DS obtuvo el título la pasada temporada

Sería faltar a la verdad decir que la profesión de probador de coches es un trabajo poco satisfactorio. Pero como en todos los sitios, hay días buenos y otros mejores. Y algunos, muy pocos, verdaderamente excepcionales. Estoy en uno de ellos. De los que marcan su recuerdo para toda la vida. Hoy voy a montarme en el monoplaza campeón del Mundo de la Fórmula E. El DS Techeeta con el que la marca de lujo francesa ha demostrado estar por delante de todos sus rivales en lo que se refiere a tecnología de electrificación. Es decir, en la construcción de los coches del futuro y, por qué no decirlo, de un presente cada vez más electrificado.

Para ello nos hemos desplazado hasta un circuito de pruebas situado a media hora hacia el oeste de París. Allí nos encontramos con el equipo DS al completo con el mismo montaje de una carrera. En los boxes, uno de los dos monoplazas que tiene disponibles el equipo para toda la temporada en la que, por cierto, en manos de Jean Eric Vergne consiguió vencer a todos sus rivales entre los que se encuentran marcas de tanto prestigio como Jaguar o BMW (Porsche ha anunciado su participación también en estas series promovidas por el español Alejandro Agag y cuya logística también está en manos de otro español, Manuel Ortiz Tallo que mueve a un equipo en el que se cuentan 28 nacionalidades diferentes).

Tras vestirnos con la ropa necesaria, el director técnico del equipo nos da las instrucciones necesarias para poder rodar en las mismas condiciones que en un Gran Premio. No hay restricciones ni limitación alguna. Sólo dar una primera vuelta en modo entrada a boxes, donde la velocidad está limitada por debajo de los 60km/h. para reconocer bien el trazado y acostumbrarse a las reacciones del monoplaza. Después, a correr.

Y a correr de veras. Y para ello, las explicaciones más importantes son las del funcionamiento del volante, de forma similar a los de la Fórmula 1 con los que comparte algunas funciones habituales como los botones de limitación de entrada a boxes, la de hablar por radio con el jefe de equipo, las levas... aunque estas no son para el cambio de marchas, ya que es un automático. Sólo aceleración y freno para conducirlo. Pero la leva de la izquierda abajo es especial. Se usa para la salidas de las carreras, cuando el semáforo se pone en verde. Y lo probamos. Leva presionada y pedal de acelerador a fondo. Se suelta la leva y el coche sale literalmente disparado hacia delante. La cesión de potencia máxima es inmediata como en todos los eléctricos y con esta relación peso/potencia, los metros hasta la primera frenada se funden en pocos instantes.

Un Fórmula E no es tan rápida en línea recta como un F-1, pero en determinados trazados sinuosos puede mejorar su tiempo al tener aceleraciones fulgurantes y no necesitar que el motor tenga que subir de vueltas para rendir la máxima potencia. Por ello, la F-E disputa sus carreras en circuitos urbanos que, además, le aportan espectacularidad y éxito de público asegurado. En el trazado parisino las cosas pasan muy rápidamente. Entre curva y curva la aceleración es brutal, así como la frenada que, debido a su ligereza, lo hace en pocos metros. Nos encontramos con todo tipo de giros, unas rápidas, otras de doble trazado y otras más lentas. En todas ellas nos asombró el comportamiento noble del chasis y la suavidad de la dirección. El coche se inscribe en la curva en la trayectoria elegida y el trazado se mantiene a pesar de que los neumáticos, no tan anchos como los de F-1, pueden limitar el paso por curva en determinados momentos.

La sensación de conducción en carrera es completamente distinta a cualquier otro coche de carreras en el que nos hemos sentado, sobre todo por la cuestión del ruido. Normalmente, el sonido de escape libre de un motor de competición tapa el resto de los ruidos que se producen alrededor. En el DS es completamente distinto porque la unidad motriz es completamente silenciosa. Sólo apreciamos el suave silbido de una turbina. Por ello, recibimos los sonidos del resto de las piezas que se mueven durante el funcionamiento del monoplaza. Dirección, suspensiones, transmisiones... los diferentes órganos en movimiento se ven sometidos a tensiones durante el recorrido. Y sus lamentos llegan en forma de ruidos diferentes al oído del piloto que aprecia así el esfuerzo de los materiales al aguantar un paso por curva con el pedal de electricidad a fondo o cuando pisas los “pianos” de los arcenes que hacen que boten las ruedas y trabajen a fondo los triángulos de la suspensión.

Desgraciadamente, también llega rápidamente a su fin la experiencia de montar en un automóvil verdaderamente excepcional. Abandono el “cockpit” con una sonrisa que no cabe dentro del casco integral y con una experiencia irrepetible.