Música

Un compositor amenazado de muerte: la 5ª sinfonía de Shostakovich

Dimitri Shostakovich. “Sinfonía nº5 en re menor”, Opus 47. Joseph Haydn, «Sinfonía nº 104 en re mayor, Hob. I: 104. Auditorio Nacional de Música. 22 al 24 de noviembre de 2019. Orquesta Nacional de España. Dir.: Christoph Eschenbach

En la Rusia de 1936 desagradar a Stalin significaba la muerte. Y eso es precisamente lo que le ocurrió a Dimitri Shostakovich el 26 de enero de aquel año, cuando el premier soviético asistió a una representación de su ópera «Una lady Macbeth del distrito de Mtsensk». En una carta a un amigo el compositor ruso describió los sudores fríos que le provocaron los temblores que le entraban a Stalin cada vez que la percusión atronaba. Tampoco contribuyó a su paz de espíritu las risas que se escucharon en su palco durante una escena de amor del drama. Testigos presenciales relatan como Shostakovich salió «blanco como una sábana» de allí. Dos días después llegaba la sentencia: un brutal artículo en Pravda titulado «Confusión en vez de música» en el que se tildaba la obra como «deliberadamente disonante» y como un «caótico torrente de sonidos». Y no solo eso: en una campaña de muerte cultural de un extremo a otro de la Unión Soviética se obligó a todos los críticos que habían elogiado la ópera que rectificaran por escrito afirmando que se les habían pasado por alto los aspectos negativos de la música señalados por Pravda. ¿Qué hacer ante este panorama? ¿Bajar la cabeza y volver a escribir música disfrutable inmediatamente por «la masa»? ¿O, al contrario, ser fiel a uno mismo y enfrentarse al sistema que intenta domar, embridar, tu voz creativa? ¿O salir del país como Stravinsky? La respuesta de Shostakovich a este dilema (que oculta en sus varias capas de interpretación algunas de las soluciones propuestas) fue su 5ª Sinfonía en re menor Op. 47, que será interpretada este viernes (y el sábado y el domingo también) en el Auditorio Nacional por la Orquesta Nacional de España dirigida por Christoph Eschenbach.

Publicidad

La obra pasó a ocupar un lugar destacado en el repertorio sinfónico que no ha perdido desde que se estrenó meses después de su «casi purga» en 1936 hasta nuestros días. Fue descrita humildemente por el propio músico como «la respuesta práctica y creativa de un artista soviético hacia una crítica justa» y es recordada desde entonces por todos aquellos que sienten que la censura puede llegar a sacar lo mejor de un artista, más incluso que la libertad absoluta a la que aspiraban los arrebatados poetas y músicos del romanticismo.

Otro ejemplo de esta misma idea es la obra entera del compositor de la otra sinfonía que abrirá el concierto, la 104 en re mayor de Joseph Haydn, el genio al que Beethoven besó las manos, un pobre músico que pasó toda el hambre del mundo en su niñez y juventud y que durante décadas de su vida fue un humilde empleado a mereced de los caprichos musicales de los príncipes de la casa de Esterházy. Haydn llegó a componer nada menos que 123 tríos para viola, cello y baritón (una especie de violoncello que ademas de seis cuerdas frotadas con el arco tenía 12 cuerdas para sel pulsadas con el pulgar) por ser este el instrumento que tocaba su adinerado patrón. Y estas «esclavitudes» obligaron al compositor a escribir páginas que aun hoy en día (por ejemplo en la grabación del Octeto en La mayor, Hob. X:6 del Müncher Baryton-Trio para Archiv Production en 1980) son perfectamente capaces de alegrar una melancólica y lluviosa tarde miércoles de noviembre en Madrid. Porque el alma humana solo puede silenciarse voluntariamente y desde dentro. Desde fuera y por la fuerza no pueden ni Stalin... ni el hambre.