La destrucción de la memoria

Joaquin Marco

Hay frases habituales: pierdo memoria, me olvido cosas, no me acuerdo (esta última muy frecuente ante tribunales), porque la memoria constituye nuestra personalidad más íntima, incluso en sus zonas oscuras, fantasías jamás desveladas. Por fortuna, nuestro cerebro solo almacena parte de nuestros recuerdos. Olvidamos, aunque cualquier circunstancia u objeto nos retrotrae a un pasado incluso al margen de nuestra conciencia, como la socorrida e interminable magdalena de Proust. Pero la memoria individual y colectiva también pueden destruirse. Uno de los terrores de una siempre prematura vejez son las enfermedades neurodegenerativas que borran progresivamente nuestra memoria personal y en el caso de la temible enfermedad de Alzheimer (neurólogo alemán que la definió a fines del siglo XIX) conducen a ausencias en las que los enfermos acaban desconociendo a sus seres más queridos, aunque puedan reaccionar con afectos y estímulos, como alguna música de su juventud. Dado el incremento de la esperanza de vida en los países desarrollados, resulta la más popular y cruel entre las calificadas como degenerativas, pese a los tratamientos paliativos. Tampoco son las demencias las únicas que van corroyendo los delicados registros de la memoria no sólo la propia, sino la colectiva. Somos lo que permanece en nuestro cerebro, lo que no hemos perdido en el transcurso de nuestra vida y que apenas recordamos, porque la memoria es selectiva y deformante. Y esto también lo saben nuestros gobernantes.

Los recuerdos constituyeron antes un depósito vivo en la mente de los ancianos, como sucede aún en algunas colectividades que tildamos de primitivas. Era o es historia oral. En algunas familias se valoran todavía a un tiempo experiencias y recuerdos compartidos y no siempre fiables. Con buenas intenciones, se promulgó la controvertida Ley de memoria histórica, que pretendía completar parte de nuestro dramático pasado. Y todavía estamos en ello y lo que te rondaré. Pero tampoco la historia, entendida como ciencia, con sus diversas y rigurosas derivadas instrumentales, puede convertirse en «total». Nos llega tamizada por ideologías y pulsiones sentimentales, pese a que la defendamos con razones. Existen variadas formas de destrucción de recuerdos individuales que a menudo no tomamos en consideración. La no siempre lenta configuración de pueblos y ciudades, gracias a una arquitectura urbanista, en ocasiones demoledora, deconstruye paisajes de toda índole. La alcaldesa de un pueblo catalán se enorgullecía de que hacía más de cien años que allí no se había construido una casa. Sin embargo, olvidaba que se había modernizado la iluminación, asfaltado las calles, remozado casas antiguas. Incluso el paisaje rural se transforma. Abandonada la utilización de animales de carga, los caminos habían variado rutas, creado puentes, asfaltado. El progreso supone cambios perceptibles, que modifican recuerdos. El papel de los cronistas de antaño, que favorecían los ayuntamientos, permitía evocar, junto a fotógrafos, cineastas y tantos pintores paisajistas o urbanos cómo pudo ser la vida de nuestros antepasados.

El costumbrismo o la novela realista de antaño contribuyeron a forjar espacios que a medida que envejecemos evocan o desencadenan recuerdos o los recomponen a su manera, porque tampoco cabe fiarse en demasía de cuantos dijeron ser fieles a la naturaleza. Pla, gran paisajista, como antes Galdós, próximo a lo decimonónico, hacían gala de fidelidad. Pero si uno situaba determinado bosque donde mejor le convenía, el otro se fiaba de la memoria de un superviviente que le relató experiencias convertidas más tarde en memoria casi colectiva; por ejemplo, en su novela «Gerona». El fenómeno de la destrucción de la memoria no se reduce a intereses, procesos de modernización o enfermedades ligadas a la personalidad. La lenta configuración de la persona corre parejas con la del medio en el que nos movemos. Conservamos u olvidamos, incluidos seres que van abandonándonos en el camino, algunos arrebatados por la muerte y otros alejados en tiempo y espacio por diversas circunstancias. El memorialismo no siempre transmite verdades, aunque lo pretenda, porque, fruto de puntos de vista diversos, resulta parcial, aunque le exijamos algo tan impreciso como la verdad. Frente a la ficción, en los últimos años reverdece la literatura memorialística y nuestros narradores tienden a fiarse menos de la imaginación y confiar más en una historia factual, un pasado más o menos vivo y hasta vivido. ¿Observamos por el retrovisor o miramos carretera adelante? En la conducción de un automóvil conviene practicar ambas actitudes. Pero la marcha atrás en la propia vida resulta peligrosa, como asomarse a un incierto abismo. Realizamos a menudo un paralelismo entre quien dice confesarse y nosotros mismos, poco dados a admitir lo que algunos no tienen empacho en ofrecer sazonado a un público general. Porque cualquier existencia está llena de errores que cuesta admitir, como titulaba don Pío, una vez se llega a las últimas vueltas del camino. La literatura de la memoria, aunque dudo de que pueda existir narración sin ella, puede ser también la de una desmemoria selectiva. Así nos la están vendiendo, mentiras interesadas.