Opinión
Enganchado al salvavidas
Casi están prohibidos los augurios. En Podemos miran para otro lado cuando les preguntan por el 26-M. Existe una respuesta de carril: «Que haya un Gobierno de izquierdas de verdad». Pero, ¿cómo lograrlo? Pablo Iglesias solo aspira a una cosa, quizá su única tabla de salvación: que sus siglas, sumando con el PSOE, sean imprescindibles en autonomías y municipios, y así quitar de la cabeza a Pedro Sánchez su determinación de gobernar en solitario. O sea: tocar poder. Con carteras o, al menos, en segundos niveles de la administración. En cualquier caso, para Podemos su intento de acomodarse a la coyuntura supone el riesgo añadido de ser percibida como una marca gregaria del PSOE, y que sus pactos se vean como meros trapicheos a cambio de cargos.
Mientras, los estrategas de Sánchez, con la mirada puesta principalmente en los morados, hacen cuentas para retener las instituciones sin descartar alianzas con Cs. Con esta última combinación se sentirían más cómodos algunos barones. Iglesias, ante tal perspectiva, se difumina. Se quedaría fuera de juego. El proyecto de Podemos ha ido deshaciéndose en guerras de partido, purgas y polémicas. La ruptura con las corrientes internas y con quienes fueron sus «confluencias» ha golpeado al partido. De los «ayuntamientos del cambio», Iglesias ya únicamente mantiene la relación con Colau en Barcelona. Hacer bandera de la lucha de clases y entonar de nuevo el «Sí se puede» se antojan insuficientes en un suma y sigue de fracasos, a los que se añade la ausencia de rostros locales y regionales con fuerza mediática para tirar del carro. La expectativa del voto útil y el desencanto apuntan a una reconfiguración del tablero político, en la que Iglesias perdería aún más fuelle.
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