Opinión

Los pulsos del PSOE

Pedro Sánchez está dispuesto a aguantar el tira y afloja con Pablo Iglesias. El secretario general del PSOE hace sus cálculos y su «entendimiento sincero» con el líder de Podemos pasa por renegar de un Gobierno de coalición que lo maniataría a la hora de configurar sus líneas de gobernabilidad. De ahí que Sánchez busque en estas horas forzar a Iglesias a adaptarse a su «geometría permanente», según el nuevo concepto desplegado por el sanchismo, con acuerdos que trasciendan los bloques irreconciliables. El presidente en funciones se resiste a comprometerse a más. Desea, señalan fuentes monclovitas, tener las manos libres para pactar leyes con Podemos y sacar otras adelante junto a PP y Ciudadanos. Un blindaje a ambos lados que le permitiría surcar la legislatura sin «marejadas desagradables».

Sánchez huye ahora de visiones ideológicas y no le importaría romper «viejos tabúes» en lo que respecta a la política municipal y, muy especialmente, autonómica. Y con una novedad sobre los últimos días: la de José Luis Ábalos despachando las nuevas exigencias de Iglesias –una vicepresidencia con responsabilidades en Hacienda y el ministerio de Trabajo– agitando el fantasma de nuevas elecciones en octubre. Lo que provoca pánico en Podemos.

El estratega Iván Redondo trenza el rizo en busca de la centralidad cuando el presidente va a entrevistarse con los líderes de PP, Cs y Podemos. También parece convencido de que le va a ser más útil sacrificar la ambición de los socialistas navarros y dejar gobernar a UPN, dado que los apoyos del PNV no corren peligro en la investidura. No en vano, los de Íñigo Urkullu y Andoni Ortuzar necesitan a los socialistas para gobernar las tres diputaciones vascas y decenas de ayuntamientos.

Y es que en esa batalla larvada en la izquierda, algo distingue a Sánchez de Iglesias tras el 26-M: el primero no tiene prisa y está dispuesto a alargar los plazos lo que sea necesario; mientras que el segundo tiene prisa pues cree que sus críticos solo se «rendirán» si su gente entra en ministerios y secretarías de Estado. Por eso, para encarrilar su estrategia, y especialmente con el objetivo de cobrarse la muesca de Iglesias, Sánchez desea estirar los tiempos. Su entorno considera demasiado cercana una sesión de investidura antes del 15 de julio. El líder del PSOE considera también que la estrategia puesta en marcha para lograr un viraje del PP y, particularmente, de Cs, que facilite con una «abstención de Estado» su acceso a la Presidencia, redobla la presión sobre Podemos. En el PP, por cierto, ya ha abierto una brecha, tras mostrarse la madrileña Isabel Díaz Ayuso y el catalán Alejandro Fernández favorables a que Casado protagonice un «gesto de Estado» con una abstención que bajase los humos a los morados y al independentismo.

Naturalmente, si Sánchez consiguiese manejar otras vías para la investidura la capacidad negociadora de Iglesias se esfumaría. ¿Una utopía? A día de hoy, eso parece. De hecho, las expectativas de Sánchez con Rivera «son nulas», repiten desde el alto mando socialista, muy conscientes de que la frialdad entre ambos líderes se adentra en lo personal. Estas fuentes admiten que la ferocidad del discurso de Rivera hace muy difícil que acabe modulando su postura. Solamente si se diera el caso de un escenario límite, se reconoce desde La Moncloa, seguramente tras una investidura fallida, allá por septiembre, el dirigente naranja se apearía de su actual «no es no». Aunque tal posibilidad se ve casi imposible.