Depresión postpacto
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Ya se han ido aclarando los pactos en municipios y autonomías y empezamos a saber la composición política de muchas de las administraciones que regirán nuestras vidas los próximos cuatro años.

Una vez acordados y constituidos los tratos, aquellos que se han quedado fuera se han visto obligados a pasar a la oposición. En algunos casos, han aceptado ese destino con deportividad y en otros se han dirigido a los bancos opositores entre iracundas manifestaciones apocalípticas sobre el hecho de que sus adversarios hayan sido capaces de ponerse de acuerdo. El modo de hacer estos avisos de Apocalipsis empieza a ser un clásico dentro del periodismo político de nuestro país.

Son declaraciones a pie firme, ante las cámaras, rodeado de un montón de micros y con dos denominadores comunes. El primero es un asesor o ayudante que se sitúa sin decir palabra al lado del político, asintiendo (con la cabeza y con semblante ceñudo) a cada uno de los contundentes reproches que hace el político. En todos los casos, aparece siempre un adláter asentidor de ese tipo, y ya se especula con la posibilidad de que exista una agencia especializada en proporcionarlos, independientemente de cualquier adscripción ideológica.

El segundo factor común es la periodista con cara de aburrida que recoge esos mismos reproches con su grabadora, por encima del hombro del político, mirando hacia el techo y pensando, a todas luces, en la lista de la tintorería que recogerá al acabar su jornada laboral.

Sean cuales sean las recriminaciones, lo más asombroso es que en esa situación los líderes opositores, como decía el poeta Ibn Al Abbar, «lloran las casas habitadas como si de borradas ruinas se tratase». ¿De verdad es para tanto? ¿Y qué esperaban? Me gusta fantasear conque nuestros políticos hacen ese número plañidero para dejar bien las antiguas palabras de ese poeta árabe valenciano. Al fin y al cabo, fue el último secretario de la cancillería musulmana de Valencia y firmó personalmente su capitulación en 1238, cuando la ciudad cayó en manos de los cristianos. Al pobre lo quemaron junto a sus libros por orden del califa, a causa de sus sátiras, muchos años después, en 1260. Vaya condenado oficio el nuestro.