Chile

Demonstrators are hit by a car during a protest against Chile's government in Antofagasta
STRINGERReuters

Qué ha ocurrido en un país que parecía a la cabeza del progreso en Latinoamérica? La bandera de las protestas que lo sacuden no ha podido ocultar los robos y el vandalismo, que han repartido destrucción, suciedad y fealdad. Y, luego…, el dolor. Las balas de goma y los perdigones que han arrancado ojos de la cara de muchos jóvenes ingenuos que se habían dejado llevar por un estremecimiento social en forma de caos y convulsión que, algunos, todavía sospechan que puede estar siendo inducido y conducido. Se han aniquilado estatuas antiguas, desvalijado supermercados, rapiñado todo tipo de comercio. En una ocasión los asaltantes quemaron una tienda de ropa interior con el trágico resultado de cinco de los vándalos calcinados. Además, hemos oído a los gobernantes, encargados de mantener el orden público, dando la razón a los asaltantes, confundiéndolos con «el pueblo» en general. El pueblo. Ese ente informe que sirve de excusa y justificación para el más elevado y el más abyecto deseo privado o colectivo. Piñera, el presidente, ha llegado a dar la razón a los saqueadores, asegurando que sufren abusos. Intenta ser simpático, parecer comprensivo, hacerse perdonar que es un multimillonario de derechas. «Todo esto (la violencia, el caos) es una buena noticia: ¡la sociedad chilena está viva, es vital!», ha dicho, patéticamente. Quizás inducido por el miedo a lo que pueda ocurrirle, también él contribuye a una enturbiada opinión pública donde habitan la delincuencia y la probidad, la justicia social y el abuso desestabilizador, la realidad y la ficción, de forma indistinguible. La comparación de lo que está sucediendo en Chile y otros países (incluido el nuestro) con protestas anteriores en la historia, pacíficas y dignas, resalta nuestro tiempo como horrísono, estúpido y autodestructivo. El vandalismo actual, además, habla de codicia, resentimiento consumidor y afán de lucro, de ansiedad por tener más que de justicia social (concepto tan manoseado que empieza a quedarse vacío). Cierta confusión moral nos ciega. Ahora es difícil distinguir la equidad de la simple miseria moral. Viendo imágenes de los saqueos en Chile, llama la atención que los saqueadores van todos encorvados y encapuchados. Con mochilas para guardar el fruto de sus rapiñas. Agachados, como si la evolución estuviera encogiendo al ser humano, en vez de enderezarlo como había hecho hasta ahora.