Opinión

Manos Unidas para el desarrollo

El amor de Dios, destinado a todos, se identifica y se dirige de manera privilegiada a los pobres, a los últimos, a los que tienen hambre, a los que lloran. «Bienaventurados los pobres, los que tenéis hambre, los que ahora lloráis», leemos en el Evangelio de las bienaventuranzas. Es necesario meterse en el corazón mismo de Dios y sentir con Él el dolor de un amor divino, gratuito y generoso, compartir los sufrimientos y tristezas, las carencias y necesidades de toda la humanidad, despojándose de todo y nos reservarse nada para sí. A eso nos invita Manos Unidas en esta Jornada contra el hambre en el mundo. Es necesario, particularmente urgente en nuestro tiempo, que nos volvamos a Dios y pongamos nuestra confianza en El, que nos arraiguemos en El, que Dios sea todo para nosotros, para que El entre en lo profundo de nuestras vidas, nos cambie radicalmente tanto en nuestra forma de ser como en nuestros valores y en nuestra forma de actuar, en el estilo de vivir. Si, de verdad, nos arraigásemos en Dios, nos sentiríamos más cercanos ante nuestros millones y millones de hermanos que carecen de casi todo lo más fundamental y primario para vivir, sin llevar cuentas de los que nos puede pasar y sin cálculos. Cuando se pone la confianza verdaderamente en Dios, todo se dirige al bien del hombre, de la persona humana, singularmente del que está más necesitado.

El mundo de hoy, sin embargo, parece confiar sólo en el hombre, en sus fuerzas, en sus economías y técnicas económicas. Muchos hombres, en efecto, sobre todo en las regiones desarrolladas, parecen guiarse únicamente por la economía, de tal manera que casi toda su vida personal y social está teñida de cierto espíritu economicista y la medida de la rentabilidad. «En un momento en que el desarrollo de la vida económica, con tal que se le dirija y ordene de manera racional y humana, podría mitigar las desigualdades sociales, con demasiada frecuencia trae consigo un endurecimiento de ellas y a veces hasta un retroceso en las condiciones de vida de los más débiles y un desprecio de los pobres. Mientras muchedumbres inmensas carecen de lo estrictamente necesario, algunos, aun en los países menos desarrollados, viven en la opulencia o malgastan sin consideración. Y mientras unos pocos disponen de un poder amplísimo de decisión, muchos carecen de toda iniciativa viviendo en condiciones de vida y trabajo indignas de la persona humana» (GS 63).

Ante la lectura de las bienaventuranzas que hay que hacer frecuentemente, ante el zarpazo del hambre en el mundo nos lleva a darnos cuenta que apoyarnos en Dios es vivir conforme a su amor; y que el cumplimiento de este camino trazado por el Señor, no es otro que el del cumplimiento de su voluntad, es decir el de la Caridad, el de compartir el pan de cada día. Nadie, conforme a esta voluntad de Dios manifestada en Jesucristo, puede ser excluido de nuestro amor: porque El, Hijo único de Dios, con su encarnación se ha unido, en cierto modo, a todo hombre. En la persona de los pobres hay una especial presencia suya que impone a la Iglesia una opción preferencial por ellos. Es la hora de hacernos cercanos y solidarios con los que sufren; es la hora de compartir fraternalmente con ellos.

No es necesario insistir mucho en la importancia fundamental de la formación tanto para la vida del hombre como para el progreso social. La formación o educación es para el hombre un elemento imprescindible para su desarrollo integral y para su inserción en la sociedad, y para los pueblos es un instrumento necesario y privilegiado para su desarrollo y progreso social, cultural y económico y el promover estudios y formación en las ciencias que contribuyan al desarrollo es algo inaplazable. Derecho fundamental de todos los hombres y que debería alcanzar a todos es el de esta formación para el desarrollo integral y sostenible, sin embargo, en los países pobres son muchos los que allí no tienen acceso a esta formación humana integral, y en los países ricos no se forma para promover y sentirse llamados a esta formación. Así, el progreso y desarrollo humano y social está fuertemente amenazado. Es una llamada a nuestras conciencias para que todos nos pongamos manos en hacer posible esta urgente necesidad. A esta obra es preciso que contribuyamos de tantas maneras posibles como viene haciendo en sus campañas anuales tan admirablemente en la concienciación de la gente MANOS UNIDAS. Podemos y debemos cambiar esta situación; con la ayuda de Dios y con la contribución de todos es posible; está en nuestras manos por muy inmenso que nos parezca este empeño y por muy grande que sea esta necesidad. Sólos poco podemos hacer. Pero juntos, unidos, sí que es posible. La Campaña anual de Manos Unidas nos provoca a pensar en el desafío de una carencia tan primaria como es la formación para el desarrollo y a dar los pasos que nos corresponda a cada uno en su remedio. Ojalá escuchemos la voz del Señor. El aguarda de nosotros justicia y amor. Él ha hecho suyo el destino de todos los pobres de la tierra; y el juicio divino será sobre el amor; todo se decidirá según nos hayamos comportado con los últimos, y, entre éstos, se encuentran los que no saben o no tienen capacidad y formación para el desarrollo integral. Dar de comer al hambriento, reclama también dar el pan del saber y de la educación para el desarrollo al que no lo tiene. No olvidemos nunca que entre las obras de misericordia se encuentra: «Enseñar al que no sabe», igual que dar de comer al hambriento, o posada al peregrino, o visitar a los enfermos. Toda manifestación de ese camino, de esa bella aventura de las bienaventuranzas, retrato vivo del Señor, Jesús, y de los cristianos.

Que la Santísima Virgen María ilumine y ayude a todos; que Nuestra Señora de Lourdes, cuya fiesta celebraremos próximamente, «Salud de los enfermos» acompañe a los enfermos y consiga para ellos la fortaleza de la fe y la salud; que Ella, que es la pobre de Yahvé, Dios de Israel, pobre entre los pobres, se muestre como la madre solícita que tiene preferencia por los hijos más pobres y necesitados.