Los discursos

Los dos nos conocimos al comenzar en esto del periodismo. Uno se dedicaba a escribir artículos con mayor o menor acierto y Alberto trataba de salvarlos añadiéndoles una buena fotografía, lo que era bastante a menudo y terminaba generando una paradoja: al final a uno le entraban más ganas de leer la imagen que el texto. Por entonces éramos jóvenes. Para entendernos, ingenuos y soñadores. Creíamos que lo que hacíamos era importante, lo que da una idea del tamaño de nuestra credulidad, y teníamos ilusiones, algo que solo puede explicarse por la bisoñez. Hoy somos más enteros y menos febles. Él tiene un hijo y cada vez que apura septiembre en el horizonte, reconoce con un punto de fatiga en la voz que si hay algo que le da más pereza que el tráfico y la vuelta a los colegios es el retorno del curso político. Y no queda otra que asentir con resignación y algo de laconismo.

La política se ha convertido en un tiovivo de declaraciones hueras, algo así como un reloj privado de manecillas, que lo único que logra es hastiar cada día más al tendido. La única cuestión por dirimir es si irritan por lo que conllevan de insustancial, por las obviedades que enuncian o por el ajustado equilibrio de sus frases de laboratorio, como si estuvieran escritas con la intención de evitar problemas más que para resolverlos. Las ideas hace mucho que se han sustituido por consejos de asesores y hoy los discursos que enhebran sus señorías dan la impresión de que se escriben con el propósito de que parezcan que comunican algo más que para que lo digan.

Se está cultivando un malabarismo verbal que lo único que deja entrever es a unos políticos privados de horizonte, que tiran de retórica porque carecen de un plan ideológico para Europa, el país, el vecino de al lado y nada que no sea ganar las siguientes elecciones o denigrar al adversario, que para eso se andan rápidos. Desde hace años, la imagen que desprenden los congresistas es más de afectación que de autenticidad, como la actuación de un mal intérprete. A Churchill lo acusaban de tener mil ideas y que solo una de ellas era buena, pero, al menos, los británicos tenían la seguridad de que cada palabra que pronunciaba corría de su cuenta. Lo mismo que entre estos calafates que tenemos, que, hasta cuando transmiten un pésame, procuran evitar palabras que recuerden el desconsuelo.

Maimónides decía: «Has de saber que no se debe hablar públicamente ante el pueblo sin haber reflexionado dos, tres o cuatro veces cada palabra que se va a pronunciar y sin haber ponderado del todo cómo instruyen nuestros modos de proceder». El pensador apelaba a la responsabilidad para que cada palabra que se enunciara fuera verdadera y fomentara virtud. Lo mismo que hoy, que nos pasamos la vida tirando de «fact-checking» para verificar las afirmaciones de los ilustres tribunos porque se desdicen más que los abuelos. Lo peor de esto es que, en los telediarios, volveré a ver a mi colega en el Congreso, de pie, cámara colgada del hombro, sin un rictus en el rostro y aguantando tanta banalidad.