Un día cualquiera

Julian Gálvez tenía un negocio con el que había empezado a recuperarse, pero la Pandemia lo barrió dejando un reguero de deudas y ansiedad. A veces llora. Esta tarde trata de ocultar a su hijo sus lágrimas de frustración y lo distrae con un rapapolvo que él sabe injusto. El chaval vuelve a casa porque sus amigos se iban de botellón y él, consciente, no quiere, pero el padre le sale con lo de la irresponsabilidad insana de toda esa gente que nos está llevando al abismo. Irritado, se planta de un tranco en su cuarto y cierra de un portazo cuyo estrépito piensa Julián que duele menos que la lástima que pudiera despertarle.

El sonido apagado de la radio en la cocina atrae su atención. Pocas veces lo hace. Ya no le interesa lo que cuenta, ha abandonado su cita diaria con la radio, y la tele es tan sólo un agujero por el que escapar. La prensa ni la mira, le cuesta concentrarse. Tampoco lee. A veces pasea, pero salir a la calle es una invitación a evocar una y otra vez lo que tuvo y no pudo ser, a pegarse a los escaparates que ofrecen lo que no puede comprar. Ya ni para la comida les alcanza. Les salva Cáritas, y esas tristes colas del hambre a las que no dice que va, donde nadie le conoce ni le identifica, que para eso también son útiles las mascarillas.

En la radio comienza el informativo y Celia, su mujer, que hace horas de limpiadora, sube el volumen. Julián escucha a Rufián hablar de guerra, a Iglesias decir que es momento de ser valientes y apostar por la república, a Garzón que el Rey maniobra contra el gobierno, y se pregunta en qué tiempo y en qué lugar está. Y en qué frente se ponen estos abanderados de lo social, de la gente y los derechos, para vender eso como prioridad nacional, como asunto merecedor de tan brioso despliegue, cuando estamos sufriendo una crisis sanitaria que está quebrándonos como sociedad, que se ha convertido en la mayor inquietud de la gente y que está arrasando nuestros derechos a la salud, al trabajo, a la vivienda... a la vida. Será que para ellos, se dice Julián, vale más una república que sus habitantes; será que, comidos y con trabajo, vuelcan sus angustias en lo suyo, que es el poder, que para eso son políticos sin clase. Se diría que esa común inquietud de la izquierda hija de la Transición que ahora busca devorarla y esa otra izquierda independentista más desnortada aún –¿se puede ser más inconsistente que de izquierdas y amigo de fronteras? ¿O ir de progresista y gobernar con la ultraderecha catalana?– ambicionan el común objetivo de abrir un frente entre dos Españas deslegitimando la legalidad que aún palpita en la Constitución del 78. Los independentistas para hacer tambalearse al Estado del que quieren salir. Los otros como única forma de evitar la irrelevancia política a la que están abocados en cuanto salgan del gobierno: hay que aprovechar el momento para engordar y hacerse fuertes. Su arma es el relato, su estrategia, el goteo falsario de mentiras deslegitimadoras de la Corona, como hablar de Felipe VI como heredero de Franco, o airear la obviedad de que la realeza es una figura medieval. Se evita plantear o discutir que la Constitución que con cierta regularidad evoca la parte frentista que firma en el gobierno, es precisamente la que reconoce el vigor democrático y la legitimidad histórica de la Corona. Piensa Julián si no sería el camino buscar una mayoría parlamentaria suficiente para modificar la Constitución, pero en seguida se dice a sí mismo que no dan los números, y que por eso están en la agitación, en el tumulto, en crear estados de opinión inquietos u hostiles para ver si por ahí se abre alguna grieta en el sistema, o se termina levantando dos frentes irreconciliables para así culpar al otro de lo que ellos mismos han creado.

Qué listos son estos políticos, ¿no? Un pensamiento fugaz, apenas el instante que tarda en volver a su propia realidad de víctima de la crisis. Qué miserables, se corrige de inmediato. ¿Qué me importa a mí aquí y ahora si hay rey o república? ¿Qué me importa a mí que unos desenvainen y otros disparen? Lo que me preocupa es cómo le voy a decir a mi hijo que no va a poder seguir estudiando. Lo que me asusta es no saber qué vamos a comer mañana. Julián siente una punzada de angustia. Una más. Qué bueno sería escuchar un debate político con propuestas y soluciones sobre la mesa. Alguna idea, si eso. Dialéctica armada de generosidad y algo de compromiso. Qué esperanzador. Cuánto ayudaría.

Vana esperanza. Ficción. Como Julián que, en realidad, no existe. Su dolor es ficticio. Sus emociones, inventadas. El mundo en que vive, lo ha creado quien firma estas líneas. La presencia de algunos personajes reales y quién sabe si una trama verosímil, no son más que un juego, una invitación a la lectura, quizá grata, de un sábado cualquiera en España. O No.