El eructo

¿Es correcto que una feminista, lesbiana, se convierta por arte de birlibirloque y de agresividad hombruna en lo mismo que argumenta despreciar?

Caroline Fourrest lo ha descrito muy bien con breves frases: en cada hogar, por épocas, ha habido invariablemente ese vergonzante miembro de la familia, con preferencia masculino, padre, tío, hermano, primo, abuelo, que después de comer o de cenar, se echaba hacia atrás en la silla o en el butacón y lanzaba un eructo bien sonado, aunque no de los reales, sino de esos eructos en forma de palabras, hirientes, bajas, dañinas. El eructo es macho, el eructo es poderoso; al menos esa era la idea que teníamos hasta hace muy poco de la explosiva grosería.

Hay eructos y eructazos. El más reciente eructazo no corresponde sin embargo a ningún miembro masculino de familia alguna, sino a la panfletaria militante lesbiana de izquierdas Alice Coffin, que se ha zumbado por escrito un eructazo bastante apestoso, grueso, ruidoso y ruinoso, en forma de panfleto titulado «El genio lesbiano».

Elegida por el Consejo de París, Europe Ecologie-Les Verts, aliada de Anna Hidalgo (aunque esta ha preferido alejarse disimuladamente de semejantes propósitos), Alice Coffin no vaciló en soltar airados conceptos como si clavara dagas sobre una diana de circo; al menos, las críticas han arreciado contra «esa obra virulenta, sectaria, binaria, excluyente, y odiosa», en la que la autora llama, o sea incita, a «eliminar a los hombres de nuestro espíritu». Sí, por el momento sólo de nuestro espíritu.

Al parecer no resulta raro que este tipo de excrecencia sexista sea vomitada por Coffin; no es la única, para colmo. Las manifestaciones extremistas de esas señoras o señores, o señoros, que ahora se autodenominan feministas en contra de cualquier cosa o aroma que huela a hombre no cesan de aumentar y cada día son más infames y repulsivos.

¿Se puede criticar este tipo de antipatía repartidora de odio? Cada vez menos. Lo políticamente correcto impera y se ampara de las mentes y de las reacciones cual una nata espesa y pavorosa. La sociedad apenas responde anestesiada frente a lo políticamente correcto. El silencio cercena gargantas cual láminas filosas.

Pero ¿es correcto que una feminista, lesbiana, se convierta por arte de birlibirloque y de agresividad hombruna en lo mismo que argumenta despreciar? ¿Es normal que se comporte como el peor de los machos a los que ella exige eliminar de los espíritus de todas las mujeres sin excepción, y hasta de los mismos hombres? ¿También de los gays? De los gays lo dudo. No hay nada que agrade más a un gay que un buen macho con un enorme y obsceno eructo a flor de labios.

En el panfleto, Coffin afirma que «no leo más libros de hombres, no oigo música de hombres, no veo su cine…». O sea, si hubiera que elegir un magistrado, habría que hacerlo por ser mujer y no porque ese magistrado fuera el mejor capacitado. Y, continúa: «el arte es una extensión del imaginario masculino… un prolongamiento de un sistema de dominación. Ya me han infectado el espíritu. Me preservo evitándolos». El odio en su máxima expresión.

¿El odio masculino/machista incrustado en el pensamiento de una mujer que al opinar de tal modo –según su criterio– expresaría sentimientos brutales comparados a los de un macho? ¿O, en lugar del genio lesbiano, estaríamos frente al odio lesbiano? Difícil de entender tanto enredo y tanta politiquería de corrección y agresividad gratuita.

El medio periodístico ha alzado la voz, veremos cuánto dura. El medio periodístico francés, corrijo, parisino, se enardece situándose del lado defensor del hombre; puedo entenderlo. Pero ¿quién defiende a las mujeres que aman a los hombres y los respetan y los admiran? ¿Quién se levanta de forma incorrectamente política, humana, y social, frente a esa abyecta imposición ultraizquierdista y ultrafeminista contra las mujeres? Feministas o no, las mujeres libres, y punto.

¿Qué puede haber sucedido en estas sociedades que, súbitamente eructar puñales sea observado como el nec plus ultra de la perfección, de lo ejemplarizante, y retenerse con una cierta decencia sea, al contrario, señalado como una reacción inadmisible para estos estrambóticos ejemplares, que de tanto creer que saben lo que no son los demás han perdido, no sólo el norte, los sentidos, el respeto, además ese don único, esencial, como una dote de la naturaleza, que se llama sabiduría a veces, y conocimiento otras?