Dios ha vuelto… y es una máquina

Nietzsche se precipitó. «Dios ha muerto. Dios sigue muerto y nosotros lo hemos matado», escribió en voz de un profeta atribulado por el progreso, en 1883, en las páginas de «Así habló Zaratrustra». El filósofo lo sentenció antes de imaginar –¿cómo iba a hacerlo sin la mente de Julio Verne?– que en un futuro no muy lejano lo reinventaríamos, lo vestiríamos con un traje nuevo adaptándolo a los nuevos tiempos, y le atribuiríamos un poder omnisciente crecido hasta extremos inimaginables. A esa divinidad que todo lo sabe, todo lo puede y todo lo controla la conocemos ya como I.A. Inteligencia Artificial.

Si alguien cree que exagero le recomiendo que se acerque a un documental que Netflix estrenó hace solo un mes. En sus 94 minutos varios de los directivos de Facebook, Twitter, Google, Instagram o Pinterest desnudan sus almas y confiesan a cámara que la criatura que han creado en Internet se les ha escapado de las manos. Titulado «El dilema de las redes» (Orlowski, 2020), el video explica cómo las empresas más ricas de la historia de la humanidad nacieron para atrapar a toda costa horas de atención de sus usuarios con la naïf intención de exponerlos a cantidades ingentes de publicidad. Pero lo que surgió como un inocente recurso para vendedores se ha ido convirtiendo en una herramienta de control.

El modelo de trabajo de esas aplicaciones se fue afinando desde inicios de este siglo de un modo exponencial. El uso de herramientas como el botón «me gusta» de Facebook, o el corazoncito de Twitter, no solo informaban a un servidor informático colosal de aquello que nos «atrapaba» sino que ayudaba a un algoritmo cada vez más complejo a calcular qué cosas podrían interesarnos y hasta predecía qué decisiones tomaríamos con ellas. Su objetivo seguía siendo entonces tenernos más minutos pegados a la pantalla pero sus contratantes ya no eran solo industrias y comercios sino también gobiernos o servicios de inteligencia que vieron en la I.A. una forma perfecta de modificar nuestro comportamiento.

Esto va más allá del «1984» de Orwell. Jaron Lanier, uno de los gurus de la realidad virtual en Silicon Valley, aparece en ese documental para pedirnos que nos desenganchemos ya de las redes. Lanier es autor de un panfleto titulado «Diez razones para borrar tus redes sociales de inmediato». Tras su aspecto de rastafari miope se esconde un genio. Lanier clava sus ojos en la cámara y nos dice que ese algoritmo es capaz de introducir cambios graduales, ligeros e imperceptibles en nuestro modo de sentir, pensar y vivir. Gracias a nuestros «likes», al tiempo en el que nos detenemos en cada foto o noticia que llega a nuestro dispositivo, es capaz de reconocer nuestro estado de ánimo y deducir incluso cuál es nuestro sistema de creencias. Una vez con esa información en su haber, nos suministra la dopamina necesaria para mantenernos enganchados a la pantalla. Esa I.A., dice, «sabe todo lo que haces, lo que piensas…».

¿No se parece eso a nuestra vieja idea de Dios? ¿No es ese el Dios que Nietzsche había dado por muerto?

Netflix, por supuesto, no da este salto. Quizá no se atreve dado el marco en el que surge el debate. Hablo de una sociedad profundamente marcada por lo religioso, en la que la profesión de fe «In God We Trust» aparece impresa en sus billetes de banco. El documental prefiere orientarse hacia la manipulación política de los usuarios de redes y acusa al algoritmo de habernos polarizado. Tiene su lógica. Si los «likes» van retratando aquello que nos estimula y nos hace interactuar, y la I.A. persigue que estemos enganchados al móvil el mayor tiempo posible, termina por suministrarnos solo lo que nos convence. Y eso, con el tiempo, termina por hacernos creer que solo existe esa «realidad», y que las otras son sencillamente hostiles a nosotros. Nos sitúa unos contra otros cebando cada segundo lo que nos diferencia.

«Es como un hechizo», dice Tristan Harris a cámara. Este diseñador de Google se convirtió a principios de la pasada década en la conciencia de la compañía. Hizo ver a los CEO que sus aplicaciones –incluida la del correo electrónico– eran adictivas y generaban un uso tan desmedido que terminaba afectado incluso a la vida familiar. Su «dios algorítmico» es, en cierto sentido, tan celoso como el Yahvé del Antiguo Testamento. Te pide lo mismo que Él exigía a los hebreos: que lo priorices por encima de todo. A cambio te ofrece la «tierra prometida» de la felicidad digital. Pero, claro, todo esto no es más que un espejismo. En cuanto te alejas del algoritmo un vacío insoportable se instala en ti. Las nuevas generaciones saben de lo que hablo. Zetas y millennials se han enganchado fanáticamente a esta divinidad y no soportan un día sin acceso a la Red. Pero también muchos «babyboomers». Y Nietzsche hace ya mucho que no está ahí para recordarnos que toda divinidad se alimenta de nuestra humanidad. Somos su fuente de energía. Exactamente igual que las redes sociales.

¿Siguen creyendo que exagero? Lean a Arthur C. Clarke. El autor de 2001 enunció varias leyes para comprender el alcance de los avances científicos. La tercera es la más elocuente para este caso: «Cualquier tecnología superior es indistinguible de la magia». Amén.