Ventajas de ser periodista

Saben perfectamente lo que piensan y los animan a que lo compartan contigo. A él no le sacas palabra, a cambio, te ha encontrado a cinco voluntarios parlanchines

Una de las ventajas de ser periodista es que puedes preguntarle a un desconocido lo que sea. Cuando te pones la capa de reportera, la vergüenza y la timidez se quedan en casa. En el interrogatorio a la persona anónima entran su edad, dónde se crió, su educación, su profesión, su ideología, los motivos que le llevan a decantarse por un candidato u otro... La máxima de la corrección y el saber estar de «no hablar de religión ni de política» no rige para nosotros.

Es cierto que hay gente a la que le encanta dar su opinión. A veces se produce una chispa con tu interlocutor y comienza el palique. Sus vivencias, su infancia y su día a día, brotan y enriquecen la conversación. Pasan los minutos y terminan confesando promesas que hicieron a un antepasado o hasta lo que facturan al año: datos muy íntimos para compartir con una recién presentada. Permiten que les hagas fotos, te dan su nombre y apellidos y hasta su número de teléfono. Ha sido una especie de sesión de terapia. Agradecen sentirse escuchados, importantes, que su parecer cuente. Con su generosidad se llenan muchas páginas de los periódicos.

Después está el perfil de aquél que accede a hablar contigo. Tiene un discurso ordenado, enfila un titular con otro. Los ojos se te iluminan. Pero al terminar de grabar o apuntar, parece que le da vértigo lo que ha dicho –o bien teme que el lunes en el trabajo le reconozcan– y finalmente rechaza dar su identidad. Mucho menos se deja retratar. Una sensación agridulce invade tu cuerpo. Cambias de tema para intentar que se le olvide y que baje la guardia. No obstante, cuesta volver al cenit.

Entre mis favoritos están los que no quieren hablar, pero te buscan gente que dé su opinión. Una especie de conseguidores del espectro político. Saben perfectamente lo que piensan y los animan a que lo compartan contigo. A él no le sacas palabra, a cambio, te ha encontrado a cinco voluntarios parlanchines.

Otros son poco amigos de los periodistas. Se quedan mudos. Como si al no contestar ni siquiera un «no, gracias» no pudieras repreguntar o atisbar por su tono de voz si son republicanos o demócratas. Miran esquivos, dan un pasito atrás o sacan el móvil. Sus gestos los delatan.

Luego están algunos de los trumpistas a los que no te puedes dirigir a ellos con mascarilla y no dudan en encararse a alguien que mide 30 (o 50) centímetros menos. Lo más que logras es un «estamos al aire libre, quítate el bozal». Por suerte llevan pistas como camisetas de «Make America Great Again», por lo que no hace falta seguir con la charla para saber por quién votarán.

Por último, están los que quieren saber todo de ti. Desean una conversación en toda regla, no un mero cuestionario. Por quién votarías si fueras ciudadana estadounidense, qué te parece el Gobierno de Sánchez, dónde te quedas en Miami... ¿Quid pro quo?