Warren, la izquierda y el turismo

La izquierda en realidad desprecia el turismo, aunque no lo haya despreciado siempre. Cuando era cosa de ricos, nadie protestaba

FOTO: PSC EFE

Warren Sánchez, el hombre que tiene todas las respuestas, también tuvo todas las palabras para apoyar el turismo: «Queremos liderar el cambio hacia un modelo turístico sostenible, que vertebre territorios y defienda la diversidad del planeta, que nos enriquezca a todos y a todas». Dijo muchas más palabras, por supuesto, pero estas bastan para que usted vea por dónde iba.

El Warren turista me suscita dos reflexiones. Una es la contradicción entre palabras y hechos. Es arduo creer que apoya el turismo quien les sube los impuestos a empresarias y trabajadoras, y dificulta aún más el ajuste ante la crisis.

La otra reflexión es que la izquierda en realidad desprecia el turismo, aunque no lo haya despreciado siempre. Cuando era cosa de ricos, nadie protestaba. Pero cuando los viajeros se multiplicaron, cuando los pobres prosperaron y quisieron viajar también, tronó el escarmiento elitista. Sucedió otro tanto con los coches, que solo han suscitado la ira de los exquisitos cuando estuvieron al alcance de la clase trabajadora. Y la izquierda pasó a demonizar los coches igual que a los turistas.

Juan José Millás escribió hace tiempo en El País sobre una imagen de turistas ante La Gioconda. Deben juntarse en grupos grandes, claro, con poco tiempo, porque ahora los turistas son muchos. Sacan sus móviles y le hacen fotos –otra cosa que ahora pueden hacer multitudes. Millás concluye que los turistas recorren el mundo no para contemplar la Mona Lisa sino para fotografiarla. ¿Cómo sabe que la gente no hace, en verdad, ambas cosas? No lo sabe, pero condena la malvada sociedad de consumo donde ahora consumen masivamente los pobres.

Leí a Rafal Argullol, también en El País, en la misma línea. Era sobre la gente que se hace un selfi en la Basílica de San Pedro con la Pietà al fondo. El desprecio al turista era todavía más afrentoso que el de Millás. Para Argullol, quienes se arremolinaban en torno a la obra de Miguel Ángel eran imbéciles insensibles, «espectadores completamente mermados», incapaces de percibir «el terrible dolor de una madre que tiene a su hijo muerto sobre las rodillas». Él, en cambio, él sí que es inteligente y sensible. Pero, claro, él ha visto la Piedad varias veces antes. Ahora ya no intenta verla: prefiere contemplar, desde su superioridad intelectual y moral, a los turistas tarados que lo hacen.