Barcelona: ciudad de las llamas

Desde que empezó el procés, en Cataluña de lo que se trata no es de crear riqueza sino de construir una república independiente, aunque sea sobre ruinas y tierra quemada

PlatónIlustración

Decenas de empresarios catalanes se reunieron bajo el techo de la hermosa estación del Nord de Barcelona. Pedían, suplicaban, que quienes han de hacerlo conformen pronto un gobierno catalán que merezca tal nombre. Pedían, suplicaban, algo que los catalanes no han tenido desde que, hace ya una década, Artur Mas quiso salvar su posición como presidente de la Generalitat ante el creciente acoso independentista que le amenazaba, convirtiéndose en lo que antes no había sido (o había dicho que no era): independentista. Empezó el procés y Barcelona se convirtió en eso que Josep Sánchez Llibre, presidente de la patronal catalana Foment del Treball, define como «la ciudad de las llamas», a la que, según asegura, será difícil que puedan llegar nuevas inversiones debido a la imagen que Cataluña ofrece al mundo.

Veinticuatro horas después, el rey Felipe y el presidente Pedro Sánchez acudían a Martorell para dar relevancia a la apuesta de la multinacional alemana Volskwagen por el coche eléctrico en su planta de Seat. Se prevé que parte de los fondos europeos que recibirá España se destinen a ese proyecto, con el añadido de una fábrica de baterías. El presidente de Seat, Wayne Griffiths, también asistió al acto de la patronal catalana en el que se pidió paz, buen gobierno y prosperidad, en una decisión poco común por parte de un alto ejecutivo extranjero. Era un gesto más de desesperación, una especie de grito sordo pidiendo que les dejen hacer su trabajo. Pero, ¿cabe tal esperanza?

Si se considera que los gestos hablan por sí solos, el responsable en funciones de la Generalitat y previsible futuro presidente Pere Aragonès optó por no asistir al acto en Seat. Inicialmente había decidido que sí asistiera un subalterno, pero Aragonès consideró más importante plantar al Rey para así cumplimentar a los quemacontenedores de la CUP, aunque eso supusiera plantar también al presidente de Seat. Porque Seat solo crea puestos de trabajo, mientras que los quemacontenedores le pueden hacer presidente de la Generalitat. Y desde que empezó el procés, en Cataluña de lo que se trata no es de crear riqueza sino de construir una república independiente, aunque sea sobre ruinas y tierra quemada.

Y nadie debería confundir deseos con realidades porque, después del evento empresarial de la mañana, esa misma tarde el inminente president hablaba ante un grupo de dirigentes de Junts y la CUP –sus previsibles socios de gobierno–, y de las asociaciones independentistas Assemblea Nacional Catalana y Òmnium Cultural. Pero también de Pimec –pymes y autónomos– y Foment, organizadores del acto reivindicativo de la estación Nord. Ante unos y ante otros, Aragonès fue cristalino: «No me escondo ni engaño a nadie: esta intervención es un alegato a favor del Govern del 3 de octubre, de las luchas compartidas, de la vía amplia que queremos construir desde Esquerra conjuntamente con Junts, la CUP y En Comú Podem y con mucha gente desde la sociedad y desde la calle». En efecto, no hay engaño. Lo que se pretende conformar es un gobierno que devuelva a Cataluña al espíritu de octubre de 2017: referéndum ilegal el día 1 y ‘huelga de país’ y manifestación independentista el día 3, para enfilar después la proclamación de la república. Cualquier lección que se haya podido aprender de aquella experiencia servirá para insistir, no para desistir. Ho tornarem a fer. No hay cartas escondidas bajo la manga. Y, a diferencia de lo que ocurría en 2017, una parte del gobierno central, Podemos, está a favor del derecho de autodeterminación y la otra, PSOE, coquetea con indultar a los condenados y con eliminar o limitar el delito de sedición. El camino estará más despejado de lo que estuvo.

La Vanguardia, el gran diario de la burguesía catalana, editorializaba este viernes que «el empresariado catalán ha mantenido hasta la fecha un perfil relativamente discreto; quizá más de lo conveniente, vista la evolución de los hechos». Interesante apreciación autocrítica, aunque solo parcialmente justa. Porque no todos los empresarios catalanes se han comportado de la misma manera frente a la autolesión colectiva que ha supuesto el proceso independentista que ya dura diez años. Algunos empresarios sí pusieron pie en pared desde el primer momento, dijeron lo que pensaban, tomaron decisiones difíciles y aún sufren las consecuencias de ejercer su libertad de pensamiento y de actuación. Otros, más melifluos, surfearon la ola que parecía más impulsiva, la del independentismo, para no quedar al margen de la corriente que lo arrasaba todo, por si la deriva suicida tuviera éxito y ellos pudieran quedar orillados. Porque hablar con libertad estaba y está penalizado.

Ahora sí, casi todo el empresariado pide que terminen los altercados que angustian a la mayoría de los catalanes, y ansían un gobierno autonómico que priorice la economía y el empleo, con lealtad institucional y sin la confrontación de estos años. Suerte.