Internacional

El eterno conflicto

La escalada entre Israel y Hamás ha encendido de nuevo la llama de la «causa Palestina» y ha dañado la convivencia

PlatónIlustración

Destruir la ciudad debajo de la ciudad de Gaza. Después de cuatro días de una ofensiva aérea, Israel intensificó la madrugada del viernes sus ataques contra la organización terrorista de Hamás en Gaza con fuego de artillería desde sus unidades de tierra desplegadas en la frontera sur. El deslizamiento hacia una guerra total parecía cada vez más inevitable en la peor escalada bélica desde 2014.

El corazón palpitante de Oriente Medio se encuentra, una vez más, en una espiral de destrucción y muerte. La madrugada del viernes las Fuerzas de Defensa Israelí (FDI) enviaron un mensaje confuso a los periodistas que dio pie a pensar que ya habían puesto «botas sobre el terreno». El texto decía lo siguiente: «Fuerzas terrestres y aéreas bombardean Gaza. Más detalles a continuación». Poco después tuvieron que matizar. «Clarificación: En estos momentos no hay tropas dentro de la Franja de Gaza. Fuerzas terrestres y aéreas están atacando objetivos en Gaza».

La decisión de entrar dependía de si se daba luz verde para destruir el complejo sistema de túneles construidos por Hamás a los que no se puede acceder desde el aire. La eventualidad de una incursión terrestre presupone un conflicto largo y aleja la posibilidad de un alto el fuego. De hecho, el viernes la delegación egipcia se marchó de Tel Aviv por la falta de interés para negociar un cese de las hostilidades.

Ciudad subterránea

«Si queremos eliminar sus capacidades militares hay que acceder a estas ciudades subterráneas. Decenas de kilómetros construidos bajo tierra. Para asestar un golpe al arsenal militar de la organización islamista se requiere una operación terrestre», me explica durante una conversación telefónica el general (r) y ex jefe del Consejo de Seguridad Nacional israelí, Giora Eiland. «Este tipo de operaciones están muy bien planificadas. Puede ocurrir esta noche, mañana o en uno de los próximos días».

En estos 15 años de Hamás en el poder en la Franja de Gaza, la organización islamista se ha dedicado a afianzar sus capacidades militares más que a servir a los gazatíes. Resulta sorprendente la habilidad de Hamás y la Yihad Islámica para rearmarse a pesar del bloqueo israelí. Desde 2007 se han sucedido los ciclos de violencia (Plomo Fundido, 2008; Pilar Defensivo, 2012 y Margen Protector, 2014) sin lograr una solución estable. «En estos quince años no hemos podido vencer a este Estado, pero tampoco hemos sabido convivir con este Estado. Nos encontramos en una situación intermedia», lamenta el general. Defiende que Gaza debe ser tratado como un Estado independiente.

Cuenta, dice, con los cuatro requisitos para ser un Estado: un territorio, un gobierno fuerte, una política exterior independiente y sus propias fuerzas armadas. El triple vacío de poder –un primer ministro israelí en funciones; un presidente palestino que lleva diecisiete años en el poder cuando fue elegido para un mandato de cuatro años y ha pospuesto indefinidamente las eleccione, y un Hamas incapaz de administrar una Gaza estable y próspera– hace más difícil la paz.

La mediación internacional también se encuentra desorientada. Estados Unidos ha reconocido a Israel el derecho a defenderse, pero a medida que aumentan las víctimas civiles se le complica su discurso. La Unión Europea ha pedido un cese de hostilidades, pero apenas tiene una influencia real en la zona. La escalada comenzó, como otras anteriores, con la mecha de unos enfrentamientos entre jóvenes palestinos y policías israelíes en Jerusalén Este. Israel lleva cincuenta y cinco años controlando de facto la ciudad tres veces santa, pero tampoco ha podido pacificarla ni reunificarla.

Violencia sectaria

El inicio de la Operación Guardianes de los Muros –los primeros enfrentamientos se produjeron en la Mezquita de Al Aqsa y el Muro de las Lamentaciones– ha desatado una ola de violencia sectaria en las ciudades mixtas de Israel como nunca antes se había visto. Las tensiones y el miedo amenazan la convivencia en las fracturadas comunidades árabes y judías. En Lod se declaró esta semana el estado de emergencia tras los disturbios desatados por el asesinato a tiros de un árabe por un judío armado. En las afueras, la muerte de un padre y su hija de 16 años al recibir el impacto de un misil lanzado desde Gaza ha envenenado aún más las relaciones y ha instalado un clima de desconfianza.

Los Acuerdos de Abraham, promovidos por Donald Trump y su yerno, Jared Kushner con las monarquías árabes, tenían como objetivo orillar el conflicto israelí-palestino ante la inmovilidad de los líderes. Estos días se ha encendido de nuevo la llama de la «causa palestina». La operación en Gaza supone una prueba de estrés para los socios árabes de Israel. Las élites han fraguado los pactos, pero la calle se manifiesta a favor de sus «hermanos» palestinos.

La violencia palestina plantea un problema de primer orden para Israel. Los árabes son una minoría muy compacta que representa el 20% de la población. Por una parte se espera que sean leales al Estado en el que viven, pero por otro, desde el punto de vista nacional y religioso son más cercanos a Hamás y Al Fatah. En especial la población joven.

El ex consejero de Seguridad Nacional espera que los liderazgos de ambos lados actúen con responsabilidad y contribuyan a rebajar la tensión. La vuelta a la normalidad se antoja complicada cuando dejen de sonar las alarmas y no se disparen misiles. En lo político, la coalición alternativa liderada por el centrista Yair Lapid para desbancar a Benjamin Netanyahu languidece. Todo es volátil.