El verano de la liberación

Después de tantas limitaciones, discursos, advertencias, malas noticias y contradicciones, se impone la liberación

Javier EtxezarretaEFE

No viene mal alejarse de vez en cuando unos días del foco de la política. Observando el mar, con el cielo nuboso y tormentoso, la playa casi desierta, la lluvia cayendo sobre el agua gris y los chiringuitos sin música ni gente, uno, en vez de entristecerse se siente en paz, reconciliado con uno mismo y con los demás, y gana perspectiva. ¡Bendito silencio! Sabe de sobra que es un paisaje transitorio, un descansillo, un regreso momentáneo a la inocencia, una recuperación pasajera del tiempo antiguo, que parecía perdido definitivamente. Los seres humanos vuelven a ser aquí reconocibles. Pronto, diga lo que diga el Gobierno británico, volverán en masa los turistas, nacionales y extranjeros –algún «guiri» suelto había ya–, calentará el sol, como de costumbre, y la arena se llenará de ruido y de vendedores africanos con bolsos y relojes entre las sombrillas de colores.

Por lo que he observado en esta primera escapada después de un año de retiro riguroso, se relajan las precauciones contra el coronavirus, se suprimen los postes de separación en el paseo junto al agua, decae la mascarilla –se te presenta en casa sin ella el persianero y tampoco la lleva el electricista– y se acortan las distancias entre las gentes cuando se tropiezan en el paseo, sacando el perro, o en el supermercado. Nada que ver con el verano pasado. Ha cambiado el clima social. Es otro ambiente. Vuelvo convencido de que se está perdiendo el miedo al virus. ¿Razones? La vacuna y el cansancio de la larga represión.

Después de tantas limitaciones, discursos, advertencias, malas noticias y contradicciones, se impone la liberación. Se barrunta junto al mar, para este verano, con más fuerza aún que en las terrazas de la ciudad, un estallido de vida, con todas las consecuencias. A eso se agarra desesperadamente el mundo de los negocios, sobre todo los de la vida nocturna. Esa es la impresión que traigo. No será fácil contener los extravíos y habrá que pagar las consecuencias.

El Gobierno está, en esto de la pandemia, desacreditado. Tanta orden y contraorden, tanto enfrentamiento con las Comunidades… Creo que carece de autoridad, por más que se atribuya cada día el mérito de las vacunas, que no se le reconoce. Hay ganas de rebeldía, y no sólo entre la gente joven. Pero, como he adelantado al principio, hoy no he venido del mar a hablar de política.