Obsesión por la efebocracia
Quizá la solución no sea tan sencilla como rejuvenecer el gobierno. No es solo la imagen. Es lo que se hace
foto-autor

El presidente compareció ante los españoles para anunciar los cambios en su gabinete. Y, entre las pretendidas virtudes de los nuevos ministros, Pedro Sánchez destacó su juventud. Había acometido, dijo, «una renovación generacional» porque la edad media del gobierno anterior era de 55 años, mientras que en el recién estrenado es de 50.

Siendo generosos, se podría considerar que esa diferencia de cinco años supone, en realidad, un cambio generacional profundo. Pero, ¿rebajar el promedio de edad de los ministros asegura una gestión más eficiente de los asuntos públicos?

La lamentable influencia que los duros años de la dictadura franquista dejaron en nuestro ánimo colectivo, nos ha llevado a una invariable pasión por la efebocracia, como si los problemas se resolvieran con solo apelar a la juventud de aquel a quien se ha encomendado resolverlos. Así, después de asistir a la lenta extinción física del longevo dictador –que mandó sin piedad hasta su muerte natural–, cuando los españoles tuvimos la posibilidad de elegir en las urnas, votamos a un Adolfo Suárez de 44 años, a un Felipe González de 40, a un José María Aznar de 43, a un José Luis Rodríguez Zapatero de 44 y a un Pedro Sánchez de 46 (no se cita a Calvo-Sotelo, porque fue presidente sin pasar por las urnas). Mariano Rajoy es el único que ganó sus primeras elecciones con más de 50 años y acabó como acabó, aunque la moción de censura de 2018 no está relacionada con su edad, que se sepa.

Ahora, las antenas estratégicas de Moncloa consideran que el PSOE debe buscar el voto joven perdido, por ejemplo, en las elecciones de Madrid. Pero, ¿eso se resuelve con ministros sin arrugas? En Estados Unidos, Bernie Sanders atrajo a las bases demócratas de menos edad a sus más de 70 años. Y Joe Biden ha reunido a una mayoría de jóvenes para ser presidente con 78. Manuela Carmena fue alcaldesa de Madrid con 71 gracias a muchos jóvenes, aunque luego perdió el cargo por haberlos defraudado. Quizá la solución no sea tan sencilla como rejuvenecer el gobierno. No es solo la imagen. Es lo que se hace.