Una guerra es una guerra es una guerra

Una guerra es una guerra es una guerra
Una guerra es una guerra es una guerraRaúl

La izquierda necesita conflictos, enfrentamientos, violencia, porque la izquierda se ha nutrido siempre de la confrontación permanente. Es obvio que se les da mejor guerrear que trabajar en pos del crecimiento y la prosperidad de una sociedad. Todo lo que sea destruir mediante las injerencias y trueques camuflados en batallas por la paz les pone más que el Peloponeso en agosto (me lo acabo de inventar).

Estados Unidos, los demócratas norteamericanos, como partido y militancia política que va desde el centro izquierda hasta la extrema izquierda, no han variado su proceder bajo ninguno de sus mandatos; cuando no es un conflicto bélico es una peste a pedo en los sitios más improbables, pero algún enredo y trifulca tienen que buscar e inventar para vivir del cuento de la guerra, aunque nombrando siempre como un mantra benefactor la anhelada paz.

La guerra, no lo olviden, ténganlo bien presente, da dinero. Estados Unidos afirma que la guerra y protección de Afganistán durante veinte años le costó a su país dos billones, a razón de 300 millones diarios, sin contar la pérdida de vidas, pero eso ya ni lo nombran; el dato puede leerse en la revista Forbes.

Nos podríamos preguntar, ¿qué interés tendría entonces Estados Unidos en hacer semejante gasto? La razón la dio el pacifista real Donald Trump, presidente republicano sin una guerra sobre sus espaldas, de manera racional –valga la redundancia– y no emocional: «no hay ningún interés en quedarnos, pero la salida debe ser organizada».

En verdad, sí hubo una razón para quedarse, y hay otra razón más poderosa para que Joe Biden saliera de Afganistán a la desesperada como salió. La razón se llama ganancias. La pregunta no es del todo correcta cuando se inquiere cuánto gastó Estados Unidos en Afganistán, sino cuánto ha ganado, en cuánta suma multiplicada ha multiplicado a su favor lo gastado. Y, ¿a cuánto pudiera ascender todavía más esa suma al desatar nuevamente un conflicto que ya suma a otro protagonista de no menos envergadura: DAESH y el terrorismo islamista?

Estados Unidos jamás regala dinero. Cuando Estados Unidos entrega sumas importantes de dinero –lo afirmaba desde finales de los años veinte el presidente cubano Gerardo Machado, y con conocimiento de causa– es porque quiere controlarlo todo a su antojo. Ese control no significa necesariamente vivir en paz ni mucho menos soberanamente. Ese control significa dominación mediante las preferencias comerciales impuestas en detrimento de una libertad de comercio abierta hacia el mundo. En Cuba se llamó Enmienda Platt, y el único que tuvo berocos (huevos) para derogarla fue el presidente Ramón Grau San Martín en 1934, aunque el que hizo efectiva la entera libertad de comercio con el resto del mundo fue más tarde el presidente Fulgencio Batista y Zaldívar, por eso Estados Unidos lo quitó para poner a Fidel Castro. Con Castro le salió a Estados Unidos el tiro por la culata, porque el pichón de gallego de Birán venía ya vendido a los soviéticos desde hacía rato.

Como cubana nacida en 1959 bajo la tiranía de Fidel Castro, que no he conocido más que esa tiranía en mi país, me he preguntado todos estos años: ¿por qué Estados Unidos no ha invadido por fin a Cuba como tanto ha pregonado el castrismo en una especie de cuentecillo de «viene el lobo, que viene el lobo». Tuvimos una invasión de más de treinta años por la URSS (Unión Soviética), y sin embargo, como en el poema de Constantino Cavafis, «los bárbaros nunca llegaron», pese a tanto pregón cansino.

Tras los sucesos del 11 de julio del 2021 en Cuba, varias voces contrarias a la intervención norteamericana se sumaron a la mía, y a la de otros, quienes venimos pidiendo desde hace décadas esa intervención, que es por demás una deuda. Intervención quirúrgica no sólo por Estados Unidos, por cualquiera que decida que los cubanos merecemos quitarnos semejante pesadilla totalitaria de encima y sabiendo que solos y desarmados no podremos, pues se ha intentado en varias ocasiones mucho antes; cuando Bahía de Cochinos, en que fuimos traicionados por el presidente Kennedy, otro demócrata, y durante la lucha en las montañas del Escambray, por los guerrilleros anticastrocomunistas. Pero, recién y enseguida se apresuró a frustrarnos esa posibilidad el Senador cubanoamericano Bob Menéndez.

Debido a lo cual no podremos saber nunca si «esta gente» –como en el célebre poema–, «al fin y al cabo, era una solución», o más bien un escombro demasiado pesado. Pero de lo que sí soy consciente es que para Estados Unidos, una guerra es una guerra es una guerra, parafraseando esta vez el poema de Gertrude Stein, de «una rosa es una rosa es una rosa…». Por supuesto, hasta que se mencione a Cuba. Sin embargo, en Afganistán metidos hasta las trancas; y lo de Afganistán, me temo, no parará ahí. Se avecina, como dijo alguien, una época fea y oscura no sólo para los afganos, también para los habitantes de este planeta. El culpable –aparente– no tiene otro nombre que Joe Biden, el lamedor de helados y sobador de niñas.