El camino a la nada
La teatralización de la actividad política, con la puesta en escena de una rivalidad inoperante, no va más allá de la lucha por el poder personal
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En este devenir de vacíos, aparentemente rebosantes de acontecimientos, que nos va diluyendo como seres humanos, habremos de intentar mirar, desde la orilla, la corriente que nos nadifica. Solo así podremos apreciar esa «nada sentada sobre nada, en una nada de muchas nadas», como escribía Gregory Corso, que nos empequeñece, hasta anonadarnos, e intentar salir de ella. Este septiembre de 2021 es un buen observatorio del presente desasosegante, y del futuro más incierto que nunca, con la perspectiva de las dos décadas que nos traen, de aquel otro septiembre del 2001, a hoy. Caía entonces, sorprendentemente y con estrépito, el símbolo de todo un sistema. Aquel día se derrumbó el World Trade Center, mucho más que dos torres gigantescas. Apenas habían transcurrido doce años desde la caída de otro signo representativo, el muro de Berlín. El hundimiento de esta alegoría liberticida, del comunismo fracasado, alumbró un espíritu colectivo marcado por la alegría y la confianza en un futuro mejor. Alentaba entonces un sentimiento de auge de la libertad. El apocalipsis de Manhattan, por el contrario, suscitó el desconcierto y el miedo colectivo, mientras se oscurecía el horizonte del siglo que empezaba, entre el humo y el polvo de la tragedia. Más allá de los casi tres mil muertos y muchos miles de heridos, la gran víctima fue la libertad y, a partir de entonces, no ha dejado de menguar en su dialéctica frente a una más que dudosa «seguridad».

A partir de ahí, durante estos últimos veinte años, una serie interminable de guerras, dentro de la guerra continua que cercenó la esperanza que apuntaba a la paz, nos devuelven a la hoja del calendario de 2001. La reconquista de Afganistán por los talibanes viene a ser la representación de un nuevo hito en la derrota de los valores que sustentan la cosmovisión occidental. En este tiempo, el terrorismo, nunca totalmente derrotado; la crisis económica de 2007 y años subsiguientes y, últimamente tanto la pandemia desatada por el SARS-COV-2, como su gestión política, han ido cercenando, cada vez más, la libertad; a la par que aumentando la confusión. Envueltos en la nube que nos desorienta, resulta evidente que el discurso del siglo XXI enmarca al hombre menguante, a la manera del personaje de The Shrinking Man, de Richard Matheson. Ese hombre, atrapado en un vacío reductor, ¿puede intentar resistirse? ¿O acaso está condenado a adaptarse a su nueva dimensión, a su misma insignificancia? La duda que encubre toda certeza llega a parecer lo único real, más incluso que el propio ser.

No será fácil invertir esta dinámica que pretende instalarnos en la pequeñez creciente; en la indiferencia que acaba haciéndonos aceptar el viaje a Liliput; más aún, a la nada. Pero, al menos, seamos capaces de manifestar, a quienes nos empujan por ese camino el desafío de Pessoa «no soy nada … pero tengo en mí todos los sueños del mundo». Esa íntima rebeldía y la capacidad de soñar pueden transformar nuestra sociedad en sentido positivo, cambiando el curso del camino a la nada.

Decía Bunge que no es la técnica, en sí, la que transforma la realidad, pues se trata de un mero instrumento, sino la política. El camino a la nada es, por tanto, una estrategia política que intenta gobernar en el vacío generado por la propia política. Un paso más en la línea apuntada por Peter Mair, no solo en la banalización de la democracia, sino hacia el abismo. La estructura política puede derrumbarse por los efectos de su propia estrategia. Los ciudadanos desconfían de los partidos y de sus dirigentes y abandonan la política democrática, convertida en espectáculo ajeno a una realidad que, incapaz de gestionar, se empeñan en destruir. La teatralización de la actividad política, con la puesta en escena de una rivalidad inoperante, no va más allá de la lucha por el poder personal.

En tanto la ciencia estudia lo que es, la política procura eludir la realidad distrayendo hacia lo que no es. Utiliza la técnica, especialmente en el dominio de la comunicación, para suplantar lo que afecta significativamente a la existencia de los individuos. A tal fin, genera una especie de falacia «suprareal» fuera del tiempo y del espacio y, en el otro extremo, fomenta la «infrarealidad». Nos va situando en un mundo carente de significación en el cual acabamos sintiendo la nada y con ella nos instalamos en el aburrimiento; en la indiferencia y en el tedio. Un artículo de E. Baltar «La nada, el tedio y la técnica: Reflexiones de Heidegger sobre el nihilismo» radiografía esta indeseable circunstancia. El aburrimiento, como estado de ánimo, cuya máxima expresión es el tedio, derivado de una manera de ser en el mundo, tiende a paralizar el tiempo, en cuanto referencia básica del pensamiento y de la acción humana. Limita, aminora, simplifica nuestra forma de relacionarnos con la naturaleza, con los demás y con nosotros mismos. Acaba generando un tiempo vacío en el que habita nuestro propio vacío. Comporta de este modo lo que pudiéramos llamar otra nota de actualidad: la angustia. La angustia, que en Kierkegaard es el momento de partida de la nada hacia un algo, mientras, en nuestros días, parece lo contrario. Ha dejado de ser el vértigo de la libertad para convertirse en náusea.