Revólver en manos de un gorila

Que una ministra acuse de prevaricar a los jueces del Tribunal Supremo apenas demuestra que siguen donde solían

Alberto Ortega Europa Press

La abyección anestesia: apenas nadie pestañea cuando una ministra sostiene que «Alberto Rodríguez fue condenado a pesar de las pruebas que demuestran que él no estuvo allí. El objetivo era quitarle el escaño. El Supremo presiona a la Presidencia del Congreso para retirárselo aunque ambos saben que no es lo que dice la sentencia. Prevaricación». Esto, Ione Belarra. Podría traerles las últimas deposiciones digitales de Pablo Echenique, pero para qué. A su vera están los periodistas de cámara. Activistas camuflados de opinadores. Gente que cuando no informa de que Pablo Iglesias fue a la peluquería echa las tarde en denunciar el plan del complejo militar/armamentístico, escritores de hilos, columnas y ensayos donde explican las turbulentas maquinaciones de las togas Sith para convertirnos en súbditos. Por supuesto son los mismos que ayer no más pedían la desaparición del aforamiento. Los que exigían dimisiones en cuanto un político quedaba manchado no ya por una condena sino por una sospecha. La presunción de inocencia fue abolida, pasto de cleptócratas, coartada para la fétida perpetuación de la casta. Recomiendo tomar aire. El Tribunal Supremo no le ha dicho a la presidenta del Congreso que saque a Rodríguez del escaño. Eso ha sido cosa de Batet, que interpretó los efectos de la sentencia. Hablar de prevaricación, como Belarra, o hacerse pajas mentales con Hungría y Polonia, son sólo dos ejemplos más de la sobreactuada impostura de unos tipos a los que nadie podrá acusar de contradecirse. Oh, cierto, exigían cabelleras no bien alguien era imputado y ahora teorizan sobre monstruosas conspiraciones del Lado Oscuro. Pero existe un hilo conductor, de acero, que hila las conspiraciones que agitan con el cable de la degradación moral y la degeneración cognitiva. Que nadie les llame incoherentes. Vinieron para descubrir el Mediterráneo. Para escribir sobre las películas de Disney con la finura de un adolescente no demasiado despierto. Para justificar y defender los totalitarismos que encuentran simpáticos. Para recuperar al horticultor autosuficiente, rebuznar a cuenta de los transgénicos, enjabonar el lomo de los diversos destacamentos antiespañoles, racistas, que envenenan nuestro damero político y, de un tiempo a esta parte, para deconstruir la masculinidad. Un numerito, este último, en el que perseveran desde que las encuestas aconsejaron cambiar los ásperos ladrillos populistas/peronistas, los jerseys de lana y los (estupendos pero ajados) discos de Quilapayún por los estilizados sermones contra la biología facturados en los campus de Estados Unidos. Que una ministra acuse de prevaricar a los jueces del Tribunal Supremo apenas demuestra que siguen donde solían. Obcecados en destruir la legitimidad de la democracia liberal y enganchados a la metadona de un lenguaje arrasado, dadaísta y letal como un revólver en manos de un gorila.