El yolandismo

El yolandismo llegó a convencer hasta a Garamendi, que cayó como un pardillo ante el estilismo de su interlocutora

FOTO: Lavandeira jr EFE

Resulta que la coleta peligrosa no era la de Pablo Iglesias, dejó de dar tanto recelo que hasta acabó cortándosela, sino la de Yolanda Díaz, la sacerdotisa de la que predijo buenos augurios el oráculo de Iván Redondo. El peligro no era parecer «rojo» sino serlo de verdad con un atuendo de lo que uno espera de una ministra, que no es la de una persona que ya no tiene edad para ir de universitario de calimocho. Redondo puso el dardo en Díaz, además de por dar en los morros a Moncloa, porque es de los suyos, los que siempre ganan hagan lo que hagan. La fuerza de la titular de Trabajo es que no tiene nada que perder y mucho que conquistar si la jugada le sale bien, y por ahora parece que mueve con habilidad la ficha de ajedrez que Redondo lleva siempre consigo. A Sánchez, perdido en la esquizofrenia, en Europa Calviño dice una cosa y él mismo en el congreso de su partido defiende otra, no le queda otra que tragar con cambios relevantes de la reforma laboral. Si se escabulle como un cangrejo será señalado por la langosta como un malvado capitalista, concepto culturalmente aberrante, como se encargan de pregonar «El juego del calamar» o «Sucession», las dos series que, según los entendidos en la cosa, no podemos perdernos.

El dinero es malo. Culturalmente malo, no hablamos de economía, perverso como el carbón. La izquierda votará a quien se ponga de parte de este postulado. Y aquí entra el yolandismo. La mujer de blanco que prologa el manifiesto comunista. El efecto Más Madrid trasladado al resto de España sería letal para un partido socialista que acarrea un líder a quien pocos creen. El yolandismo llegó a convencer hasta a Garamendi, que cayó como un pardillo ante el estilismo de su interlocutora. Es lo que tiene cierta derecha, que se emboba ante un traje bien planchado. «Yolanda» es una canción de Pablo Milanés, suave, de estridencia nula, pero que deja un estribillo ante el que un comunista de verdad no puede resistirse. Al cabo, es una canción de amor, que es lo que vende el yolandismo.