El amor de los abuelos

Cada año, en estas fechas, el abuelo, casi con las mismas palabras, nos contaba la historia en la cocina junto al fuego el día de su cumpleaños

Abel Hernández

Natalio, un joven de buena familia, próximo a la treintena, consideró que había llegado la hora de casarse. Le dio muchas vueltas a la cabeza. Al fin se decidió por la Bibiana, una jovencita del pueblo, hermosa, buena y medio analfabeta, ocho años más joven que él, que se había ido a ayudar a su hermano Benigno, destinado de cura en Valdemoro, a cuatro leguas largas de Sarnago.

Aparejó el caballo y emprendió el viaje por el camino del monte. Cuatro horas le costó llegar al destino. Se paró frente a la casa parroquial y llamó a la aldaba de la puerta. El cura bajó a recibirlo. «Hombre, Natalio, ¿qué te trae por aquí?». «Pues no voy a andar con rodeos: quiero casarme con la Bibiana; esas son mis intenciones». «¿Lo sabe ella?”. «No, díselo tú». Don Benigno puso cara de circunstancias y subió a darle la noticia a su hermana.

El pretendiente se quedó en la calle, a la puerta de la casa, esperando la respuesta. Esperó y esperó hasta que se cansó de esperar. Interpretó que aquello era un «no». Volvió a montar en el caballo y emprendió, cabizbajo, el camino de regreso. Ella, cuando lo vio alejarse, rompió a llorar detrás de los visillos. El mozo llevaba andando unas dos horas cuando se detuvo en un cruce de caminos. Decidió probar fortuna. Se apeó del caballo, sacó una moneda de la faltriquera y la echó al aire. “Si sale cara –pensó– me vuelvo con la Bibiana y si sale cruz tuerzo por el camino de la derecha y me voy en busca de «La Colegiala» de Fuentes. Salió cara.

Natalio emprendió, decidido, el camino de regreso a Valdemoro. Cuando llegó frente a la casa parroquial, aún no se había apeado de la caballería cuando vio que Bibiana salía por la puerta, presurosa. Con los ojos llenos de lágrimas corrió a su encuentro. Y se abrazaron sin decir palabra. Así nació el amor de mis abuelos. Tuvieron una larga vida. Casi llegaron a centenarios. Se quisieron hasta el final. Crearon una gran familia. Gracias a que la moneda salió cara en aquel cruce de caminos, estoy aquí para contarlo en «La Razón». Cada año, en estas fechas, el abuelo, casi con las mismas palabras, nos contaba la historia en la cocina junto al fuego el día de su cumpleaños. Y la abuela Bibiana, sentada en su sillita, bajaba la cabeza, complacida y tímida, y sonreía. Desde entonces supe que el amor existe. Después he aprendido, como dice Anatole France, que el azar en definitiva es Dios.