Mascarillas

El movimiento se demuestra andando, no poniéndose de perfil

Juan Rallo

El Gobierno de PSOE-Podemos ha decidido reintroducir la obligatoriedad del uso de las mascarillas en exteriores. Lo hace en medio de una sexta ola que ha desbordado las previsiones de contagios debido a la nueva variante ómicron. Ahora bien, ¿tiene algún sentido convertir nuevamente en obligatorias las mascarillas en exteriores? Lo cierto es que ninguna. Las restricciones sobre las libertades individuales –como el uso obligatorio de mascarilla– pueden llegar a justificarse como forma de evitar el daño a terceros: por ejemplo, está prohibido lanzar indiscriminadamente dardos en la calle porque esa actividad supondría un peligro para terceros. Sin embargo, cuando una persona es capaz de evitar la generación de daños sobre terceros, entonces las restricciones de su libertad no están en absoluto justificadas: siguiendo con el ejemplo anterior, lanzar dardos en una zona especialmente habilitada para ello, asegurándose de que tales dardos no pueden desviarse ni golpear a un tercero, es una actividad que no está prohibida ni debería estarlo. Aplicando esta sencilla lógica al caso de las mascarillas entenderemos perfectamente por qué su uso obligatorio en exteriores no está en absoluto justificado. Por un lado, no disponemos de ningún tipo de evidencia que acredite su eficacia a la hora de prevenir los contagios: la inmensa mayoría de infecciones tienen lugar en interiores, no en exteriores, de ahí que su utilidad al aire libre esté ampliamente cuestionada; por otro, aun cuando el uso de la mascarilla en exteriores pudiera ser eficaz en algunos contextos –como las grandes aglomeraciones de personas–, el uso obligatorio de la misma quedaría contingentado a tales contextos, no en aquellos otros en los que una persona es perfectamente capaz de evitar la causación de un daño sobre terceros (verbigracia, en exteriores y manteniendo la distancia de seguridad). No hay, pues, ninguna buena razón que convalide su reintroducción. Pero entonces, ¿por qué PSOE y Podemos –con el aval de varios barones del PP, como Feijóo, Moreno Bonilla o Mañueco– han optado por volver a imponer esta medida? Al respecto, se me ocurren tres posibilidades. La primera, recordarnos que ellos son los que mandan y que nuestras libertades pueden ser arbitrariamente cercenadas apenas ordenándolo a través del BOE. La segunda, simular que, en medio de esta sexta ola, la clase política sigue siendo de utilidad adoptando algún tipo de medida –por desnortada que ésta sea– contra la pandemia: a la postre, si los políticos se quedaran de brazos cruzados, ¿apenas muchos no podrían empezar a pensar que quizá los políticos no resultan tan necesarios y que en general son bastante prescindibles? Y la tercera, ir preparando el terreno para la creación de chivos expiatorios en caso de que la pandemia termine mostrándonos su rostro más cruel: si muchos ciudadanos se niegan a usar mascarilla en exteriores después de que los políticos nos hayan ordenado hacerlo, nada les será más sencillo que culpar a esos «irresponsables» ciudadanos de la propagación descontrolada del virus. Sometimiento, simulación y exención de responsabilidades. Ésas son las tres principales razones por las que nuestros gobernantes han decidido recortar nuestras libertades: no para protegernos a nosotros, sino para protegerse a ellos mismos y a sus extraordinarias prerrogativas. En este sentido, sería deseable que el PP, un partido que tantas veces dice ondear (normalmente, sin ninguna buena justificación para ello) la bandera de la libertad, rechazara frontalmente este tipo de medidas y desautorizara a aquellos de sus barones que se han sumado a la iniciativa social-podemita. El movimiento se demuestra andando, no poniéndose de perfil.