János Kornai

Unos no tenían incentivos a hacerlo bien y los otros carecían de información para verificar si podían hacerlo mejor. De ahí que reinara la mediocridad

Juan Rallo

Terminado ya 2021, no querría despedirme sin dejar de recordar una de las pérdidas que más me apenan desde un punto de vista intelectual: la del economista húngaro, János Kornai. Kornai nos dejó el pasado 18 de octubre a la edad de 93 años y legándonos una extensa e intensa bibliografía. Su obra, para aquéllos que no conozcan a este intelectual que bien habría merecido el Nobel de Economía, versa esencialmente sobre el análisis económico del socialismo y sobre la transición de la planificación central a las economías de mercado. Kornai no sólo vivió bajo la Hungría socialista, sino que inicialmente trató de diseñar mecanismos que mejoraran la planificación central por parte del socialismo húngaro (el método de planificación a dos niveles Kornai–Liptak). Sin embargo, Kornai terminó desencantándose de las posibilidades del socialismo para asignar racionalmente los recursos: a partir de la década de los 50, este economista comenzó a entender que la sobreburocratización de la planificación central –la ausencia de un mercado competitivo y no sometido al diktat de los políticos– impedía la generación de riqueza. ¿Cuál era el problema de fondo del socialismo? Lo recogió en su obra más destacada: The Socialist System. En esencia, los planificadores centrales carecían de toda la información necesaria, sobre las preferencias de los consumidores y sobre las posibles combinaciones de factores productivos, como para alcanzar la llamada eficiencia asignativa (que las mercancías terminen en manos de aquéllos que más las valoran) y la llamada eficiencia productiva (que se maximice la producción de mercancías a partir de unos determinados recursos) a través los planes centrales que desarrollaban. Al carecer de tan crítica información, a los planificadores no les quedaba otro remedio que tratar de captarla de entre aquellos subordinados que debían ejecutar las órdenes contenidas en sus planes (por ejemplo, los directivos de las empresas públicas), pero esos subordinados, en lugar de proporcionarles información fidedigna, trataban de manipularlos para que compusieran planes que les resultaran fáciles de cumplir. Los planificadores eran conscientes de que sus subordinados intentaban engañarlos, pero no podían acotar la magnitud del engaño, de ahí que necesariamente tuvieran que tolerar cierto grado de incumplimiento con respecto a las órdenes que, precariamente informados, les acababan imponiendo. Al final, unos no tenían incentivos a hacerlo bien y los otros carecían de información para verificar si podían hacerlo mejor. De ahí que reinara la mediocridad.