Coronavirus

El síndrome de (no) resignación

Lejos de la irresponsabilidad negacionista e insensata de algunos, es necesario encarar la inflexión que nos brinda la pandemia

Cuando en la década de los 90 un grupo de psicólogos suecos se enfrentó al diagnóstico de menores que se postraban en la cama poco se sabía sobre el síndrome de resignación. Ni siquiera tenía un nombre. Con el tiempo, y el aumento de casos, fue investigándose, se detallaron los síntomas y se concretó el perfil de quienes lo padecían. Apatía, depresión y aislamiento determinaban la extraña dolencia de aquellos adolescentes, en su mayoría refugiados, que habían llegado a Europa buscando un futuro mejor tras atravesar experiencias al límite y que, como reacción al sufrimiento y la angustia, congelaban su existencia: dejaban de hablar, comer y beber hasta que ya no respondían a estímulos externos. En 2018 el fotógrafo Magnus Wennman obtuvo el «World Press Photo» con la imagen de dos hermanas aquejadas de ese mal de la parálisis y el bloqueo, como una suerte de dolientes bellas durmientes contemporáneas. Y en los tiempos más duros de la pandemia, los de los confinamientos extremos, los cierres perimetrales y los estrictos recogimientos sociales, resultaba complicado no establecer un paralelismo entre aquella insólita escena y el inesperado frenazo de toda una sociedad que se retraía e iba cortando vínculos y conexiones con el exterior. Desde que comenzaron a sonar los primeros ecos de una atípica neumonía en Wuhan, nuestra forma de vida quedó seriamente comprometida: cualquier tipo de interacción se convirtió en un potencial peligro y hoy, casi dos años y cinco variantes del virus después, se va desplegando el convencimiento de que el mundo no puede detenerse más, de que resulta imprescindible adaptarse a la «nueva situación» que no es más que el eufemismo con el que tratamos de explicarnos nuestra «única situación», la real. Todo lo demás, lo anterior, lo que conocíamos antes de marzo de 2020 ya no existe. Lejos de la irresponsabilidad negacionista e insensata de algunos, es necesario encarar la inflexión que nos brinda la pandemia, con sus aspiraciones de endemia, a través de la actualización de enfoques renovados: interiorizando lo aprendido (normalización de la mascarilla, otros modos de relación o el ágil y saludable ejercicio de improvisar al ritmo en el que crecen o decrecen las olas), pero huyendo de reclusiones y encierros, que tan útiles fueron, hoy cada vez más reducidos a herramientas caducas. Es tiempo de levantarse de la cama, esquivar el temor a la incertidumbre y superar la catatonia colectiva. Convivir (bien) con el virus exige ahora acción y no resignación.