Naufragios varios

Cuando esa idea de servicio se pierde, cuando el cargo se emplea en beneficio propio o, sin más, se abusa de él, viene el desastre

Naufragios varios
Naufragios varios FOTO: Barrio

Recuerdo una tertulia radiofónica. Los participantes, todos comentaristas políticos, hablaban de una reciente crisis ministerial de aquellos días y entrevistaron a un nuevo ministro. Las preguntas fueron curiosas, quizás porque el nombrado era novato en esas lides políticas. Le preguntaron cómo se iba a sentir con escolta y qué pensaba cuando viese que delante de su portal solo podía aparcar el coche oficial. Aquellos comentaristas entendían que el interés para los oyentes no estaba en la crisis de gobierno y qué proyectos tenía el entrevistado, sino en aspectos periféricos e insustanciales, eso sí, muy ligados a la parafernalia del cargo y algunos lindantes con sentimientos de vanidad. Quizás es que era una entrevista sólo de «interés humano» y no lo capté.

A propósito de esto, me he preguntado siempre si es adecuado que el recién elegido para un cargo político relevante –ministerial, por seguir con la anécdota– reciba enhorabuenas, y si es mujer hasta ramos de flores. Ni soy rancio ni maleducado, tampoco defiendo ser un aguafiestas y comprendo esas felicitaciones porque el nombramiento supone –supongo– que te reconocen cualidades y méritos. Pero ese agraciado, está para servir, y desde ese cargo de relumbrón se enfrentará a problemas y decisiones difíciles: va a asumir responsabilidades. Eso debería dar vértigo, al menos a mí me lo daría, de ahí que en tales casos prefiera desear acierto.

Y es que me planteo si las enhorabuenas no deberían reservarse, más bien, para cuando se deje el cargo. Entonces sí serán sinceras. No estoy muy puesto, pero creo que así lo hacen los militares porque es al dejar el mando cuando hay base para felicitar. Y llegados a este punto no está de más recordar –por seguir con el cargo político por excelencia, ministro– que su etimología tiene mucha enjundia: ministro viene del latín ministrare que significa, ojo al dato, servir, es decir que un ministro es un servidor. Además, esa idea de servicio está constitucionalizada pues un ministro dirige una administración cuyo fin es servir con objetividad a los intereses generales: así lo dice el artículo 103.1 de la Constitución.

Todas esto me viene a la cabeza con el escándalo que protagoniza, in crescendo, el primer ministro británico, Boris Johnson, primer ministro que, si seguimos con la etimología, significará que es el primer servidor de sus ciudadanos. No profundizaré en las causas, sólo recordaré que celebraba fiestas en Dowing Street mientras confinaba a sus ciudadanos y les imponía severas medidas restrictivas de derechos y libertades para preservar la salud pública. Lo suyo supone el olvido de que el primero que debe dar ejemplo y cumplir los mandatos del gobierno es el propio gobierno, y a la cabeza su presidente; y segundo, que no se puede aprovechar el cargo para satisfacer intereses personales, en este caso un sentimiento de vanidad que lleva a considerar que está por encima de todos los demás y ejerce el cargo para su propia satisfacción, lo patrimonializa.

No pretendo inyectar dosis de moralina, sí recordar que, en especial en las democracias avanzadas, es más intensa la ejemplaridad exigida a sus dirigentes, de ahí que la censura a ese tipo de conductas deba –o debiera– ser igual de intensa, de ahí lo inquietante que es una ciudadanía acorchada que todo lo aguanta. Y tal exigencia rige también para todos los que con un estatus u otro habitan en el planeta del empleo público. A esto responde que estén sujetos a principios éticos y de conducta, o que los altos cargos estén sujetos a normas de igual inspiración.

Cuando esa idea de servicio se pierde, cuando el cargo se emplea en beneficio propio o, sin más, se abusa de él, viene el desastre. Quizás la imagen más gráfica de esa degeneración la encuentre no tanto en el ámbito político o público, sino privado, que no es precisamente angelical. Estos días hemos recordado el aniversario del naufragio del crucero Costa Concordia, causado por la frivolidad del capitán Schettino, ¿lo recuerdan?: desvió esa mole de su trayecto para satisfacer un capricho personal. Un ejemplo de qué pasa cuando se abusa del mando y se considera por encima de todo: que el barco –el país– y el pasaje –ciudadanos– van al desastre.

José Luis Requero, es magistrado