Neolengua

Imposiciones ideológicas adecuadamente combinadas con las ocurrencias de turno y el peor oportunismo populista, con un objetivo muy claro, y muy peligroso, modificar principios y valores

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La cosa viene de antiguo. Por eso va quedando claro que, si la protesta es de izquierdas, es revolución, pero si las quejas vienen de la derecha, se calificarán como fascismo. Hace poco vimos como próceres de la izquierda española, tanto la inmoderada pero también la cada vez menos moderada, se resistían con uñas y dientes a llamar dictadura al régimen cubano. Dos ejemplos que trasladan claramente la idea, como dejó escrito el filósofo británico Roger Scruton, de que para la izquierda las palabras son un cajón de sastre despojado de significado. Algo así como la base de una neolengua, concepto acuñado por Orwell, quien denunció la retórica política que busca confundir, ocultar realidades y evadir responsabilidades, y que en nuestro presente es el patrimonio de una izquierda ideológicamente radicalizada y éticamente desnortada, pero que, en lo que se refiere al lenguaje y la palabra, como a todas las vertientes de la propaganda, resulta sumamente eficaz.

Si el socialcomunismo que gobierna España, una palabra que evitan a toda costa, dedicara el mismo esfuerzo a la prosperidad que al lenguaje, nuestro país (¿el Estado Español?) estaría a la cabeza de crecimiento del planeta. No en vano, ha convertido los neologismos y el lenguaje inclusivo en sus mejores instrumentos para transformar una sociedad y un país que les deben gustar muy poco, porque no hay manera de que lo dejen en paz. Lo vimos en la primera fase de la pandemia, con la introducción de aquellos conceptos, que hoy sonrojan, de desescalada, nueva normalidad, salimos más fuertes, nadie quedará atrás... Lo vemos todo el tiempo con otros como sostenibilidad y resiliencia, que parecen haber venido a sustituir a vocablos como el equilibrio y la resistencia de toda la vida. O los adjetivos que dedican a sus adversarios, siempre intentando deslegitimarlos, a ellos y a sus millones de votantes, con la palabra fascista, franquista, facha, y sus derivadas, como trifachito. Eso cuando no abusan del lenguaje inclusivo, repitiendo todas las palabras en género neutro y femenino, “todos y todas”, y con aportaciones como el ellos/ellas/elles o el miembros/miembras, que dejan totalmente claro que la corrección política y la del lenguaje no corren por líneas paralelas. Una colección de imposiciones ideológicas adecuadamente combinadas con las ocurrencias de turno y el peor oportunismo populista, pero con un objetivo muy claro, y también muy peligroso, como es modificar principios y valores muy asentados, también con el objeto de dividir a la sociedad y romper nuestra convivencia y modo de vida, todo con tal de avanzar en ese proceso de transformación social y política impulsado por la izquierda radical y la izquierda radicalizada, cada vez más refractarias al orden constitucional establecido, así como al propio concepto de la democracia liberal. Además de un ataque a la inteligencia, que nos obliga a quienes sí defendemos la idea de España, nuestra democracia y el modelo que mejor ha garantizado la convivencia y la prosperidad de nuestra nación a defender la dignidad a las palabras y a regenerar y dignificar el lenguaje.

No se trata en modo alguno de un combate menor, ni mucho menos, porque, como dijo alguien antes, la peor corrupción no es la económica, sino la de las palabras. Y si todo significa cualquier cosa, si cualquier cosa es mentira, si toda discrepancia tiene origen en la inmoralidad de los adversarios, la democracia se vuelve imposible. Por eso, dignificar el uso político de nuestra hermosa lengua española es también una forma de defender nuestra democracia. La izquierda quiere que la sociedad tan solo sienta y no piense, y ello, con el indisimulado fin de convertirla en una auténtica sociedad Orwelliana.