Ese recurrente dóberman

Si en Francia solo hubieran votado las clases bajas y obreras, Le Pen sería la nueva presidenta del país vecino

FOTO: Michel Euler AP

Vaya por delante que deberíamos estar agradecidos a los finos analistas políticos que consiguen sacarnos de nuestro pozo de ignorancia haciéndonos caer en la cuenta de que, por ejemplo, en las elecciones presidenciales francesas el ganador ha sido el equivalente a Pedro Sánchez en España –ignoraba yo que Macron fuese un claro exponente de la socialdemocracia que pacta con la extrema izquierda y el separatismo– mientras que la perdedora ha sido la opción equivalente a Núñez Feijoo, peligroso «ultraderechista» amigo de entenderse con los dóberman de la política. Lo de Francia ha sido el más claro exponente de que, no va a haber comicios en Europa o en Tombuctú, que no sean aprovechados en clave nacional para resaltar la «cruzada mundial» contra una ultraderecha que también aquí nos amenaza con rabo, cuernos y patas con cerdas.

El argumentario tiene sus compradores, pero tal como se señala, incluso desde sectores internos del propio PSOE, ya no parece calar lo suficiente como para que se activen esas «alertas antifascistas» con las que Pablo Iglesias se presentó en la campaña de Madrid para brindarle, así de saque siete puntos más a Díaz Ayuso y que dejan sentados en su casa a votantes de la propia izquierda en algunas citas con las urnas ante tan básicos argumentos.

La pregunta del millón no es cómo y de qué manera se establecen cordones sanitarios para desactivar a opciones legitimadas por los ciudadanos, sino qué propuestas claras han de poner sobre la mesa los partidos convencionales asentados en la socialdemocracia y el liberalismo para que una ciudadanía desencantada con la política y acogotada por problemas reales, no acabe echándose en brazos de populismos de los dos extremos. Si en Francia solo hubieran votado las clases bajas y obreras, Le Pen sería la nueva presidenta del país vecino. Analizar ese fenómeno para revertirlo tal vez resulte mejor negocio que insultar a millones de electores señalándoles como sobrevenidos fascistas, sobre todo porque puede ocurrir que, en lugares como Castilla y León donde acaba de estrenarse Vox en un inevitable gobierno de coalición con el PP, se acabe reparando en que, por ejemplo, bajar impuestos no es comerse a los niños crudos y si eso ocurre, más de un mantra se puede desvanecer. Ergo, menos discurso del dóberman y más soluciones a los problemas de la calle.