América

Estados Unidos, víctima de sí mismo

El derecho a portar armas deja desprotegidos a los más débiles: los niños

Las familias acuden al altar de flores y globos construido en homenaje a las 21 víctimas de Robb Elementary School en Uvalde, Texas,
Las familias acuden al altar de flores y globos construido en homenaje a las 21 víctimas de Robb Elementary School en Uvalde, Texas, FOTO: Jae C. Hong AP

Poco puede esperarse de una sociedad que es capaz de soportar el dolor provocado por una matanza de 19 niños en una escuela de primaria como la ocurrida este martes en un pequeño pueblo de Uvalde en Texas, y no tomar medidas enérgicas para limitar el acceso a las armas. Ocurrió antes, en 2012, cuando otro joven de 19 años mató a 20 niños de seis y siete años en el colegio Sandy Hook en Nueva York. Años después, en 2018, la matanza en Parkland creó un espejismo de cambio. Los estudiantes que lograron sobrevivir a las ráfagas de disparos se movilizaron sin descanso para exigir un endurecimiento de la legislación sobre las armas. El ritual de sangre, dolor y lágrimas se repite en Estados Unidos sin que se transforme en nada positivo. El nivel de tolerancia con la violencia de la primera democracia moderna y la primera economía del mundo es decepcionante, sobre todo, para aquellos, como yo, que admiramos el dinamismo y la audacia estadounidense.

Max Weber define el Estado como una organización que cuenta con el monopolio de la violencia legítima. Estados Unidos es una triste excepción. Y es víctima de ello. Los estadounidenses defienden con furor la Segunda Enmienda, relativa al derecho a portar armas, sin darse cuenta de que están dejando desprotegidos a los más débiles: los niños. Culpan al Partido Republicano y a la Asociación Nacional del Rifle de ser los principales obstáculos para la regulación del mercado de armas, pero, ojalá que el problema se circunscribiese a dos actores. A penas unos días después de la matanza de Sandy Hook, mi compañera Esther Sanz Sieteiglesias tuvo la oportunidad de entrevistar a Patrick Kennedy, sobrino de JFK y ex congresista estadounidense en Madrid. Consciente de que se trata de un debate cultural pedía actuar en dos direcciones: el acceso a las armas de fuego y la atención sanitaria sobre la salud mental. «Mi familia conoce de cerca la violencia de las armas. Dos de mis tíos fueron asesinados y he visto a mis primos crecer sin sus padres». Patrick Kennedy también dio en la tecla de la gran contradicción norteamericana. Los estadounidenses defienden el derecho a portar armas –consagrado en la Segunda Enmienda– como un principio fundacional de su democracia y un pilar de su seguridad nacional cuando produce precisamente todo lo contrario. El fiscal general de Texas ha sugerido que la solución para evitar nuevas matanzas es armar a los maestros en las escuelas. Lo dijo también Trump. El problema no son las armas sino los individuos que las utilizan. En Florida se permite a los profesores con experiencia militar ir armado. Lo inconcebible (matanzas en escuelas) se enmiendan con una solución disparatada (militarizar las aulas). La Segunda Enmienda es anacrónica (se escribió hace 200 años) y se asienta sobre la falacia de que las armas dan seguridad.

La tragedia de Uvalde se ha producido diez días después de un tiroteo racista masivo perpetrado en un centro comercial de Búfalo y otra matanza en una iglesia de California. El gobernador Greg Abbott ha convertido Texas en la meca de las armas. Hace un año aprobó levantar las restricciones para los menores de 21 años. Samuel Ramos, un joven marginado y solitario, se compró dos rifles al cumplir 18 años. El círculo vicioso es imparable.