La crisis del cubito de hielo

«Es pintoresco que un desabastecimiento prolongado de estas características genere un impacto informativo tan importante»

Francisco Marhuenda

Hay un producto que escenifica muy bien la crisis de ricos que vivimos estos días. Es algo transversal, porque refleja la comodidad de nuestra existencia y cuan apegados estamos a ella. El perjuicio se extiende a todas las clases sociales. El desabastecimiento provocado por la falta de bolsas de cubitos de hielo en los supermercados y gasolineras es una realidad. No se pueden comprar más que dos a la vez, suponiendo que se encuentren. Hace unos días fui de compras al supermercado y vi que el armario de los cubitos estaba vacío. No le otorgue ninguna relevancia y pensé que era una ruptura de stocks coyuntural. Como no los necesitaba, no acostumbro a usarlos, ni siquiera me molesté en preguntar cuándo lo repondrían. He de reconocer que me gusta mucho hacer la compra y observar la vida en los comercios. Se aprende mucho. Es interesante ver cómo viste y se relaciona la gente o lo que meten en sus carros de la compra. No solo me interesan los comercios de alimentación, sino casi todos en general. Especialmente perderme en la Casa del Libro.

El otro día entré en la de Plaza Norte, cerca de mi casa, para encargar unos libros. Soy un fan declarado de sus equipos, porque son gente joven, culta, amable y motivada. Se les nota que disfrutan. Al final, tras pasar tres veces por la caja y hacer malabarismos con una montaña de libros, una dependienta se apiadó de mí, creo que se llamaba Carla, y me trajo una bolsa ante el riesgo de que se me cayeran. Al poco apareció su compañera Alba que me había resuelto mis encargos. No hay nada mejor que la buena gente. Volviendo a los cubitos de hielo. Es pintoresco que un desabastecimiento prolongado de estas características genere un impacto informativo tan importante. Es el reflejo de esa sociedad acomodaticia que hemos creado. Cuando era joven los cubitos se producían en las neveras de las casas. En su momento tuve una aproximación muy directa al mundo del «hielo», porque mi madre tenía pescaderías, que habían fundado mis abuelos, y mi padre, inquieto por mi desapego por el dinero, me obligó durante varios meses a levantarme a las cinco de la mañana para ir con una furgoneta a buscar hielo a la fábrica que había en la Barceloneta.