¿Y si China es ya una potencia en declive?

La visita de Nancy Pelosi a Taiwán ha sido más un pretexto que una provocación para Pekín

Rocío Colomer

Predecir en qué momento China podría superar a Estados Unidos como el gran poder hegemónico ha sido un reto para los estudiosos de las relaciones internacionales. Para algunos de ellos la pandemia fue un punto de inflexión. Recuerdo que en febrero de 2021 pregunté al investigador Anthony Dworkin del European Council of Foreign Relations (ECFR) sobre cómo quedarían los frágiles equilibrios de poder mundiales tras la pandemia. Él desconfiaba de que el coronavirus fuera a cambiar el orden mundial vigente, pero sí creía que la crisis sanitaria había puesto de relieve tendencias que ya existían, sobre todo, la naturaleza competitiva de la geopolítica internacional. Dworkin sostenía que China se beneficiaría a corto plazo de una salida mucho más rápida de la pandemia y de la distribución de su vacuna a países de África y América Latina (soft power). El sistema de vigilancia masivo y de cuarentenas forzosas -solamente aplicable en un régimen autoritario como el chino- se había revelado efectivo para domesticar al coronavirus. Pero también advertía que su política agresiva hacia Taiwán o Hong Kong podría suponer un escollo.

La visita de la presidenta de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, Nancy Pelosi, a Taipéi ha servido más como un pretexto que como una provocación para que China realizase las mayores maniobras militares en la zona. Los taiwaneses no creen que el presidente Xi Jinping vaya a esperar a 2049 -cuando se cumple el centenario de la proclamación de la República Popular China- para invadir la isla, piensan que esa intervención armada puede producirse en cualquier momento.

Tras el primer brote del virus en Wuhan en diciembre de 2019, Xi ideó el enfoque «covid cero» con el que pretendía demostrar la superioridad del modelo autoritario frente a las democracias occidentales. En las primeras oleadas del virus -cuando todavía no había vacuna para la enfermedad- los aislamientos servían para aplacar la curva de contagios y fallecidos. Dos años y medio después la ciencia ha dado la vuelta al tablero. China desarrolló dos vacunas contra la enfermedad -la CoronaVac y Sinopharm- que fueron parcialmente eficaces frente a la primera variante, pero prácticamente nulas con ómicron. Este año mientras el mundo libre se olvidaba de mascarillas y confinamientos, en Shanghái o Pekín han sufrido los encierros más severos desde que la OMS declarase la pandemia global. China fue la envidia de Occidente por superar 2020 con números verdes, pero ahora parece difícil que pueda recuperar las altas tasas de crecimiento que experimentó durante las dos primeras décadas del siglo XXI. No hay un sólo analista independiente que defienda la estrategia de «covid cero», sin embargo, Xi parece determinado a mantener su política en un año crucial en el que aspira a coronarse para un tercer mandato. Tantos son los frentes abiertos –covid, enfriamiento económico, Taiwán o Rusia- que el «príncipe rojo» tendría difícil su reelección en el Congreso del Partido Comunista Chino si no fuera por la naturaleza autoritaria del sistema. El presidente chino es un burócrata dogmático, no un líder pragmático y audaz. Y si como advertía Edward Luce en «Financial Times»: ¿Xi Jinping -y el consenso mundial sobre el ascenso de China- ya está desfasado?