Sociedad

Cobrar por no hacer nada

«Shoji Morimoto se abrió una cuenta en redes sociales ‘’alquila a un hombre que no hace nada’'. Y así nació su propio negocio»

No hacer nada. ¿Es un placer? ¿No nos supone un vacío que nos llena de culpa? La ética capitalista siempre ha cuestionado al dolce far niente que tanto prodigan los italianos. Lo curioso es que un ciudadano japonés ha encontrado, en lo que parecía una falta de capacidad, una auténtica virtud y hasta se lucra con ella. Desde pequeño, su familia y amigos siempre le achacaban que no hacía nada. En sus anteriores empleos, le afeaban que nunca tomara la iniciativa, su falta de proactividad. Tras su último despido de una agencia de publicidad, en 2018, Shoji Morimoto se abrió una cuenta en redes sociales «alquila a un hombre que no hace nada». Y así nació su propio negocio, una suerte de «hombre de compañía», pero que sólo acompaña con su cuerpo, con su presencia. No hace nada en particular. Tal es su grado de pereza, que ni siquiera arranca las conversaciones con sus clientes. Siempre espera a que ellos inicien el diálogo. Lo fascinante es que ha logrado una amplia cartera de asiduos que pagan por sus servicios. Por cada sesión, Shoji cobra unos 70 euros. Ahora, a sus 38 años, reconoce haber prestado ya unas 4.000 sesiones de lo más dispares. Leyendo sus experiencias, muchas rezuman soledad. Personas que quieren ir con alguien a columpiarse a un parque. Otras que necesitan confesar un secreto. Hay quienes buscan compañía durante un almuerzo para no sentarse solas en un restaurante, o un respaldo presencial durante la firma de un doloroso divorcio. Él, sin embargo, comienza a ser «famoso» en Tokio, la gente le reconoce por las calles con su mochila y su gorra azul marino. No lo debe hacer mal. Hay un cliente que ya le ha «alquilado» 270 veces. Y su concepto de negocio genera tanta curiosidad que, atención, Shoji finalmente ha hecho algo, ya ha escrito cuatro libros. Uno de ellos es un cómic manga sobre sus experiencias con los clientes en los cafés. Al estar en contacto con tanta gente, Shoji ha aprendido una gran lección: a no juzgar a los demás y sentir más empatía. Porque hay personas que cargan solas con demasiado sufrimiento. Lo bueno es que Shoji solo escucha. Nadie le pide que se involucre.