
Con su permiso
Coches y barro
Si no se puede evitar lo imprevisible y lo incalculable, calcúlese hasta dónde se pueda y prevéase cualquier contingencia
Carmen escucha espantada en la radio cómo los bomberos y los soldados de la UME están catando el barro de garajes con tubos y palos por si hay cadáveres aún enterrados. Coches y barro. La imagen del infierno viscoso y sangriento (de sangre que no se ve porque está congelada, detenida en las venas de los ahogados) es una evocación asonante de la mejor novela costumbrista de Blasco Ibáñez. El barro no es hoy el del arroz, sino la materia viscosa que dejaron las violentas e impensables avenidas, y las cañas son las que usan los uniformados para penetrar en él y encontrar cadáveres. No puede haber una descripción más elevada del horror. Coches y barro. Montones de chatarra bloqueando calles envueltos en olor a gasolina y una atmósfera de desesperación. No hay aceras, ni comercios, ni portales, ni muebles. Todo se lo llevó el agua violenta que tomó las rieras y luego las calles y después las tiendas y las casas. Algunos se quejan de que ha habido saqueos, ¿es justo reprocharlo? Quizá sí, pero duda Carmen que sea moralmente exigible que los desesperados dejen de serlo mientras esperan lo que sigue sin llegar. Horas, días... Miles de personas llevan más de tres noches sin luz, sin agua, sin comida, sin nada a lo que agarrarse salvo el miedo. En medio del sonido de los llantos y las palas, la retirada de objetos inútiles que un día fueron algo valioso, el agua estancada, los tractores y los pasos apresurados en carreteras vacías y rotas, resuena el eco insufrible de la disputa política. O la inoportunidad política. También aquí. Se pregunta Carmen quién habrá aconsejado a Feijóo desenfundar ahora contra el gobierno. ¿De verdad cree que es lo que toca? Le desmiente de voz y de palabra su compañero Mazón, que sí sabe del momento porque lo sufre en la carne de su gente, en el corazón y los huesos de la sociedad que administra y contempla herida de muerte. Mientras uno suelta que el gobierno central está fallando, el otro agradece al mismísimo Sánchez en persona su disposición y actitud, que haya ido allí y no lo haga con las manos vacías. Bien hubiera hecho el líder del PP en callarse y esperar al menos a que el recuento de muertos haya terminado. Uno puede ir al lugar de la tragedia y dar la sensación de que no ha entendido nada. Toca apretar pero no al adversario sino al destino espantoso de una tierra que se manifiesta cada vez más cruel con quien la habita sin atender a que con toda seguridad la está también matando.
Lo malo, piensa Carmen, no es que haya gente que ante hechos así, contrastes tan brutales como este fenómeno meteorológico extremo o la incómoda placidez de un norte de España con temperaturas de veinte grados a un mes de navidades, siga negando el cambio climático, sino que alguien pueda creer que esto es un fenómeno aislado, un «evento meteorológico». Porque es abrir la puerta a que este infierno regrese a nosotros una y otra vez. Algo así volverá a pasar. Científicos que llevan mucho tiempo avisando, y en España hay alguien machacón e incansable como el investigador del CSIC Antonio Turiel, ya están dejando caer que tormentas catastróficas como la de esta semana seguirán visitándonos. Sostiene Turiel que esto no es sino una «nueva normalidad» y que todas las políticas públicas deberán incorporar la Emergencia Climática como tema troncal y transversal.
Nadie está preparado para sufrir una tragedia, pero hay un Estado cuyos ciudadanos pagan impuestos para que quienes lo administran procuren el bien común y la salvaguarda de sus vidas y haciendas. Si no se puede evitar lo imprevisible y lo incalculable, al menos calcúlese hasta dónde se pueda y prevéase cualquier contingencia. Habrá que saber por qué hay personas que aún no han visto más ayuda que la de su familia o sus propios vecinos, por qué todavía se buscan cadáveres bajo toneladas de barro a punto de secarse, por qué hay aún hombres y mujeres en casas o locales de los que no pueden salir mientras alimentan su desesperación contemplando los cadáveres que flotan cerca de ellos. Porque eso, escucha Carmen en la radio, también está pasando.
El embudo del infierno dantesco se cierra sobre los cientos de miles de damnificados y el esfuerzo hercúleo y agotador de hombres y mujeres de uniforme: la UME, Guardia Civil, Policía, Protección Civil…los municipales de cada ayuntamiento que tratan de amortiguar la tragedia en casa. Lo intentan, pero no consiguen llegar. Y donde no llegan la gente clama al cielo, se duele y se sume en la peor de las soledades, que es la del abandono.
Ya llegará el tiempo de las culpas. Hoy toca seguir el ejemplar sendero abierto por la solidaridad de la gente y atender al perceptible compromiso de unos medios de comunicación que aquí sí están a la altura. Y mucha. Aunque a algunos les costara arrancarse. Toca levantarse y construir, apoyar y comprometerse. Con lo de ahora y con el futuro. Prepararse para no repetir errores y para el nuevo tiempo que traerá sequías e inundaciones porque ya es demasiado tarde y no escuchamos los avisos.
Y, bueno, callarse prudente y solidariamente cuando lo que dices no enriquece más que una política estéril y en momentos así verdaderamente ofensiva.

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