A 150 por hora

Siempre he sido refractaria a las normas, también las de tráfico. Tal vez debido al ejemplo de mi muy castiza y madrileñisima abuela Pilar, que siendo niñas, nos cruzaba a mi hermana Patricia y a mí a toda prisa por Bravo Murillo entre los coches: «Que paren ellos», decía muy chula. Cada país tiene un tráfico propio, como tiene música, gastronomía o lenguaje específicos. El tráfico de El Cairo es el caos absoluto; el de Roma es un «sálvese quién pueda» y en Escandinavia te tienen por peligroso criminal si estacionas en prohibido. Aquí somos una cosa intermedia, creo. Apuramos el ámbar, buscamos la última generación de inhibidores de radares y racaneamos las limitaciones para aparcar, estilo Esperanza Aguirre. Pero no debemos fustigarnos en exceso, cada haz tiene su envés. Lo que nos falta en obediencia civil lo tenemos en ingenio, reflejos y capacidad de reacción. Cuando era chica, solía conducir una bici en Hamburgo, donde visitaba a mis abuelos maternos. Me llamaba la atención el orden estricto de la circulación, se paseaba sin problemas; ahora bien, cuando se producía un imprevisto, las bicis se estampaban unas contra otras de manera llamativa y numerosa. Porque los alemanes funcionan bien con las normas, pero se descontrolan sin ellas. Supongo que esto de ser europeos significa, entre otras cosas, que los de arriba empiecen a ganar en reflejos y flexibilidad y los de abajo aprendamos a ser más estrictos. A ver si entonces nos dejan correr a todos a 150. Ni tanto, ni tan calvo.