Afonía de Pacma

La Razón
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La imagen ha dado la vuelta al mundo difundida por las redes sociales. Pero en Pacma, el partido animalista, tienen los aparatos fuera de cobertura. De tenerlos activos, ya habrían protestado, y con sobrada razón, por el maltrato que ha sufrido un perro con motivo del llamado Día del Orgullo Gay. No cabe duda de que el perro, creo que un «caniche», pertenece a un gay de la nueva hornada, del sector exhibicionista. El pobre perro camina atado siguiendo los pasos de su amo, que le ha pintado la cabeza de color rojo, los cuartos delanteros de naranja, el cuerpo de amarillo, azul y verde, y los cuartos traseros y rabo de violeta con definición en morado. A ese perro lo han llenado de pintura humillando su dignidad. Pero el mariconeo exhibicionista es de izquierdas extremas y Pacma forma parte del conglomerado. Todo menos molestar a los parientes ideológicos cercanos.

Pacma, en las últimas elecciones, ha cosechado en España más de quinientos mil votos, que es cifra considerable. Por el injusto sistema electoral que padecemos, el PNV, que ha tenido menos votos que Pacma ha obtenido ocho escaños, mientras los animalistas no han conseguido ninguna representación parlamentaria. Pero han recibido el apoyo de cinco estadios como el Bernabéu abarrotados de público en una semifinal de la Copa de Europa. El animalismo politizado se ha puesto de moda y no se puede discutir su crecimiento social.

Sucede que entre esos quinientos mil votantes de Pacma, un alto porcentaje de ellos ha visto la fotografía del perro humillado y está a la espera de un comunicado del partido animalista condenando con contundencia al violador homosexual de la dignidad del perro. Y todavía el comunicado está a la espera de ser redactado, distribuido, e incluso acompañado de una demanda judicial. Si en una manifestación no separatista en Barcelona, por poner un ejemplo, un manifestante se atreviera a llevar atado a una correa a un perro pintado con los colores de la Bandera de España en su proporción cromática exacta y precisa, ese manifestante ya habría declarado ante el juez por maltrato animal. Pero si es gay y participante del llamado Orgullo, se va de rositas.

En uno de los toros de Osborne que se asoman a la autovía del Norte que une Madrid con Burgos, se puede leer una pintada animalista. «Vivo y Libre», reza contundente. ¿Libre? ¿Creen los de Pacma que un toro bravo puede sobrevivir en las dehesas sin el cuidado diario de sus ganaderos y mayorales? ¿Creen los de Pacma que el toro bravo se alimenta exclusivamente del pasto natural? ¿Creen los de Pacma que el toro bravo hocica en las dehesas ayunas de charcas en busca del agua de la soterra? El toro bravo es el animal mejor cuidado del mundo, que vive como un gran señor en las dehesas durante cuatro años, sobrealimentado con piensos y vitaminas, y con los comederos y bebederos siempre preparados para calmar su hambre y saciar su sed. ¿Creen los de Pacma que el aumento extraordinario de las reses de caza mayor, venados, jabalíes, gamos, corzos, muflones, machos monteses y demás maravillosas criaturas no tiene nada que ver con el cuidado de los cotos por parte de sus propietarios? ¿Creen los de Pacma que en los cotos perdiceros que aún se mantienen, las perdices se alimentan de siembras que se establecen por sí solas?

El taurino ama al toro y el cazador es el primer enamorado de la naturaleza. Ese perro humillado por los colores del arcoíris homosexual es víctima de un trato perverso. Los responsables de Pacma, depositarios de más de medio millón de votos, harían bien en administrarlos mediante la credibilidad. No se puede ser animalista para amenazar una fabulosa herencia cultural como es la Fiesta, glosada, pintada, esculpida y narrada por el Arte y la Literatura universales, y callar ante un hecho tan deleznable como el martirio de un perro por parte de su caprichosito y volandero propietario. No se puede ser animalista y detractor de la caza limpia y correcta, deportiva y medida, por considerar esta actividad propia de «señoritos» –entre los puestos de trabajo directos e indirectos que la caza procura se mantiene un millón de hogares en España–, y callar ante un hecho aislado llevado a cabo por un desalmado contra su perro, por muy gay y muy orgulloso que sea. Pacma tiene todo el derecho a ser antitaurina y anticaza, pero simultáneamente, está obligada a denunciar a los maltratadores públicos de los animales domésticos, desde los galgos ahorcados cuando ya declinan a los perros pintados por una villanía aislada y loca de la vida.