Agonía de la pena de muerte

En Madrid se ahorcaba en el siglo XIX en la Puerta de Toledo, públicamente, con gran algarabía de arpías y entusiasmo de público infantil. El reo era procesionado en burro, cubierto por el San Benito y rodeado por la cofradía de la Paz y la Caridad. Al pie del cadalso de siete escalones esperaba el verdugo cubierto por un caperuz verde con una escalerita bordada en amarillo. Cumplido el trabajo un oficial colocaba la paga de monedas sobre el parche de un tambor dándole una patada para que el sayón recogiera del suelo su salario. En los mercados debía llevar una vara para señalar lo que quería porque no podía tocar los alimentos. Los justiciables pudientes le sobornaban y frotaba la soga con agua regia, rompiéndose al pender el cuerpo. Si la Paz y la Caridad te cubría con sus ropones antes que te tocara un guardia, quedabas indultado. De ahí el dicho de «no te salva ni la Paz y la Caridad». También te libraba de la cuerda la petición de matrimonio de una prostituta. Un reo fue solicitado como marido por una maritornes vieja, fea y cargada de hijos, y el condenado miró al verdugo: «Date prisa». Tras la abolición de la esclavitud el próximo paso civilizador será la supresión universal de la pena capital. La abominable ejecución de Oklahoma no removerá ese 60% de estadounidenses que creen que la muerte es el último escalón de la Justicia. China, el mayor ejecutor acabará, pasados los años, sonrojando a Estados Unidos. El Partido Comunista chino está buscando una salida a la última pena: te condenan a muerte, sí, pero la dejan en suspenso por dos años y por buen comportamiento te conmutan el tiro en la nuca por cadena perpetua revisable. Si China abole, EEUU no puede quedarse solo con los países islamistas. Más civilizado que lo de Oklahoma fueron nuestras horcas chorreando disolvente y las putas vestidas de novia.