Algo está cambiando

Antes de marcharse de vacaciones navideñas a Hawai, el presidente Obama señaló: «El ambiente ha cambiado de una manera que nos obliga a tenerlo en cuenta». Se refería a la perspectiva de la ciudadanía respecto al espionaje cibernético al que está sometido. Edward Snowden, sin embargo, sigue refugiado en Rusia, sin poder abandonar este país, alejado de sus familiares y amigos. Sigue siendo un fugitivo de la justicia, aunque el apelativo de traidor que se utilizó esté siendo cuestionado. Una parte de los estadounidenses ha cambiado de opinión y desde hace unas semanas el propio presidente parece más atento a «la preocupación de la gente sobre abusos potenciales». No se trata tan sólo de que un día Joaquín Almunia, como antes Angela Merkel, denuncie que sus comunicaciones han sido controladas. Es el mismo mecanismo, la agencia NSA, la que es objeto del análisis de un grupo de expertos, convertido más tarde en un informe solicitado por la misma Casa Blanca, que propone limitar el uso de los metadatos: listas de llamadas telefónicas con los números correspondientes, duración de las comunicaciones. Todo ello podría, según el juez federal Richard Leon, violar la Constitución. Brent Scowcroft, que fue Consejero de Seguridad Nacional con George Bush padre y con Gerald Ford, entiende que de ninguna manera Snowden «sea un héroe, pero lo que ha revelado es un desafío para todos. El nuevo mundo de ordenadores, teléfonos móviles, Facebook, Twitter y todas estas cosas han ido más allá de nuestra capacidad de gestionarlas. Corre el peligro de que se espíe a todo el mundo».

Republicano moderado, Scowcroft remite a una tecnología poco de fiar. Cuando los mensajes eran verdaderamente secretos no permitían la misma velocidad de transmisión de los de hoy; pero podían entenderse como seguros tomando determinadas precauciones. No hay posible vuelta atrás, pero, aunque se impongan ciertas limitaciones, sabemos ya que un ojo invisible nos vigila y un gobierno universal nos controla. El pueblo estadounidense no deja de sentirse afectado por esta transformación en la seguridad de las comunicaciones. Pero, de hecho, lo deberían estar todos los demás. Mucho más los dirigentes políticos o los capitanes de empresa, cuyas investigaciones o maniobras pueden ser detectadas. La virulencia de la denuncia o sus aspectos más controvertidos fueron ya desactivados o asumidos con resignación. La justicia ha dado ya el primer aviso de que tales hechos podrían ser ilegales y, desde la perspectiva política, la vigilancia, antiterrorista en principio, al ampliase, podría ser considerada como carente de legalidad. El presidente Obama ha prometido que, a su regreso de Hawai, introducirá algunos cambios en el funcionamiento de la NSA, implantada y multiplicada desde el atentado del 11 de septiembre de 2011 por su antecesor. Sin embargo, tropezará con fuertes resistencias. La actitud de un juez federal no es suficiente para justificar una transformación radical de la agencia. No se cuestiona la continuación de los programas, sino determinados recortes o limitaciones legales en un organismo que depende de las fuerzas armadas. El general Keith Alexander ejerce algo parecido al mando supremo del ciberespacio.

En muchas vertientes el gobierno de Obama está ligado al del anterior presidente. Pese a enfrentarse a su segundo y último mandato y disponer de manos libres en algunas cuestiones, desde el 2009 se ha mostrado pragmático en cuestiones tan controvertidas como el cierre de la prisión de Guantánamo o el uso de los drones mortíferos, que él inauguró, aunque prohibió el empleo de la tortura, ordenó el cierre de las cárceles secretas de la CIA, puso fin a la presencia masiva en Irak y está abandonando Afganistán. Otro de los focos del análisis es la naturaleza de la prevención de acciones terroristas. Cuando la NSA actúa fuera de los EE UU no se encuentra bajo el mandato de ninguna ley estadounidense. Sin embargo, algo parece estar moviéndose entre bambalinas. El escándalo que se produjo tras las escuchas de Ángela Merkel dejó su huella en los países amigos. Sabemos que estamos controlados y vigilados, pero ello no altera ni la vida cotidiana ni el uso masivo de Internet. Algunas compañías, como Google o Facebook, pretenden descubrir un ángulo legal que las ampare. Pero el ciudadano del siglo XXI sabe que está perdiendo también la privacidad de la que gozaron sus predecesores. Los nuevos medios facilitan toda suerte de controles. Ya no son sólo las estadísticas que nos agrupan como corderos dentro de determinados conceptos sociales o políticos. El control podría llegar a ser personal como si viviéramos en una enorme cárcel que ocuparía el mundo entero. Orwell lo intuyó a menor escala. Pero estamos globalizados y todo resulta universal. Nunca el hombre ha estado sepultado bajo tantas noticias e informaciones; en consecuencia nunca ha estado peor informado. No dispone, siquiera, de una idea que alguien no haya ya desarrollado, salvo en el ámbito científico. Bien estaría que Obama reflexionara y Papá Noel le hubiera concedido un mayor margen de maniobra en beneficio de todos. Se anuncian pequeños cambios en este sentido, aunque la tarea parezca ingente. Los políticos adquieren también responsabilidades.